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(2396-2664,E) 
 
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La vida eterna
Capítulo 16
La moral mundial cósmica
El camino al gran nacimiento  2396. La Divinidad descrita en «Livets Bog» se convierte para el ser vivo en un hecho real conocido con conciencia diurna despierta, a medida que va alcanzando el estadio evolutivo para ello, y, por lo que respecta a la percepción, pasa en este estadio a estar en sintonía con la conciencia primaria de este Padre eterno. Pero, esta experiencia no les puede ser dada a los seres por otros seres. Sólo puede alcanzarse por experiencia totalmente propia. Esta experiencia le llega a cada ser, cuando en la evolución ha atravesado en suficiente grado la zona de invierno, la esfera de oscuridad o de sufrimiento del ciclo de la espiral, que también se puede calificar como la morada de los destinos desdichados. En esta esfera, donde el ser vivo tiene toda la libertad posible para hacer lo que quiera, tanto bueno como malo, este ser aprende a distinguir entre la manifestación de estos dos principios o contrastes de percepción. Como no se puede activar ninguna forma de manifestación sin que se convierta en causa de efectos, uno sólo puede vivir exclusivamente en los efectos de sus manifestaciones. Estos efectos se convierten, así, en la experimentación de la vida o destino fundamental y propio de uno. Que este destino se convierta en agradable o feliz o en desagradable o desdichado depende, por lo tanto, de las propias manifestaciones y los consiguientes deseos y satisfacciones a que anteriormente uno ha dado lugar. Si la satisfacción de estos deseos ha sido de una naturaleza tal que, en mayor o menor grado, les ha costado a otros seres vivos, hombres y animales, su normal o natural experimentación de la vida y la consiguiente alegría o felicidad de vivir, su manera de ser es, por consiguiente, de naturaleza mortífera. Disminuir la natural alegría de vivir y el derecho a existir de otros seres es lo mismo que matar. Es una transgresión del quinto mandamiento: «No matarás». El propio destino consistirá hoy o en un tiempo futuro en la misma desdicha y sufrimiento, con la consiguiente pérdida de la alegría de vivir, que uno en el pasado ha infringido a otros seres. Este destino desdichado, creado por el propio ser, es lo que, poco a poco, originará la facultad humana o incipiente facultad de amor al prójimo y verdadero conocimiento de la sabiduría o la verdad. Y la experiencia de este verdadero conocimiento de la sabiduría o la verdad es lo que se expresa como «El gran nacimiento».


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