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Índice de La salida de la oscuridad   

 

 
Capítulo 9
La existencia física de los hombres es una iniciación cósmica
Hemos visto que «el cristianismo», tal como lo tenemos del clero y la iglesia, no es suficiente para liberar a la humanidad de su época de vida primitiva y llena de guerra y enfermedad. Hemos visto que el espíritu vikingo florece y domina en gran medida el mundo, y que el cristianismo de iglesia sigue una tendencia descendente, está en decadencia. Los hombres están perdiendo su instinto religioso o lo que hace que puedan «percibir vagamente» la existencia de un mundo superior y, con ello, puedan creer en guías espirituales o redentores del mundo, creer en las declaraciones de las autoridades, es más, incluso sin ninguna comprensión intelectual en absoluto de estas declaraciones. Y, de este modo, los hombres han sido conducidos a lo largo de milenios por la predicación y declaraciones de las autoridades. Pero ahora, el instinto religioso de los hombres está degenerando, porque otra facultad ha comenzado a desarrollarse. Esta facultad es la inteligencia. Debido a que esta facultad está creciendo, los hombres ya no pueden seguir siendo conducidos por la fe o las autoridades. Esto es válido para los hombres bajo la luz divina de la redención del mundo, tanto en las otras religiones mundiales como para los hombres bajo la misma luz en el cristianismo. Pero tampoco es el objetivo de la vida, ni está en contacto con las revelaciones de la redención del mundo sobre la creación del hombre por Dios a su imagen, que los hombres sigan siendo dependientes, sigan siendo como niños que dependen de la posición que toman los adultos. Los hombres tienen que convertirse ellos mismos en adultos espirituales, convertirse ellos mismos en autoridades religiosas soberanas. Por consiguiente, lo que hoy presenciamos: fuerte decadencia religiosa de los hombres con sus consecuencias de ateísmo, materialismo, desarrollo de armas, armas nucleares o capacidad de matar un millón de veces, etc., no significa en absoluto la destrucción o perdición de los hombres; los hombres son seres eternos y, por consiguiente, inmortales. La experimentación de la oscuridad por los hombres es, al contrario, un eslabón imprescindible de la creación del hombre por Dios a su imagen. ¿Cómo podría un ser adquirir la facultad de experimentar la luz sin su contraste? ¿Cómo podríamos desarrollar la facultad de compasión o amor si nunca experimentásemos el sufrimiento? ¿Cómo podríamos, en resumidas cuentas, poder percibir sin el principio del contraste? ¿Se puede leer un texto blanco que no se diferencia en absoluto del papel blanco en el que está escrito? ¿Cómo podrían ser visibles las partes de luz de una fotografía y formar un retrato si, simultáneamente, no hubiera en ella partes de sombra? Luz y sombra o el principio del contraste es, de este modo, el fundamento de toda percepción. Esto es válido tanto física como espiritualmente. Y ahora ha llegado el momento en que los hombres, precisamente, están experimentando de manera particular la oscuridad para, así, adquirir conciencia o llegar a comprender que todo lo que estamos acostumbrados a denominar «el mal» es, ciertamente, sufrimiento y dolor, aflicción y preocupaciones, enfermedad y desdicha, pero esto no tiene en absoluto nada que ver con una «perdición eterna», un «tormento eterno» o un «castigo de un Dios enojado». La redención del mundo eliminará esta superstición de la humanidad. En cambio, la experimentación de la oscuridad nombrada es un eslabón imprescindible de «la creación del hombre por Dios a su imagen y semejanza». Esta creación no consiste en hacer al ser inmortal, porque ya lo es de antemano. Todos los yos de los seres vivos son realidades eternas. La creación del hombre por Dios «a su imagen» consiste, al contrario, en una transferencia de conciencia al ser ignorante y en darle cada vez más vida, darle posibilidades cada vez más grandes de experimentación y manifestación y los organismos o cuerpos cada vez más evolucionados que se requieren para ello. Este reemplazo de organismos o cuerpos es a lo que llamamos «reencarnación». Y a este estado de conciencia creciente lo llamamos «evolución». Evolución es, así pues, lo mismo que la injertación o transmisión que hace Dios de su conciencia, su conocimiento y talento al ser vivo. Esta injertación o transmisión de conciencia, conocimiento y talento es la experimentación de la vida del ser, sus experiencias y manifestaciones. Como esta creciente transmisión de experiencias diarias tiene como objetivo o misión llevar al ser a convertirse en «la imagen y semejanza de Dios», que es lo mismo que el hombre totalmente acabado, elaborado por la creación de Dios, es decir, un ser que, de todos los modos, está en armonía culminante con la conciencia y el modo de ser de Dios o el amor universal, la sabiduría y la omnipotencia en su culminación que se han revelado a través del universo, la experimentación de la vida física de todos los hombres es una «iniciación cósmica». Los lleva a «la conciencia cósmica» que es la entrada a la verdadera vida cósmica en los mundos superiores, más allá de la reencarnación y la oscuridad física, la desdicha y el sufrimiento. La dirección de la gran iniciación de este ser la estimula Dios por medio de la redención del mundo. La injertación real o directa de conciencia se estimula por medio de las propias vivencias de experiencias luminosas y oscuras de los seres que, gradualmente, les dan madurez para la interpretación cada vez más elevada de los hechos eternos de la solución del misterio de la vida de la redención del mundo. A continuación vamos a detenernos un poco en las tres épocas particulares de esta gran iniciación, constituyendo cada una de ellas un grado de dicha iniciación.


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