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| Índice de El destino de la humanidad |
Capítulo 12
El yo del ser vivo
Para llegar a hacerse una mínima idea del destino de la humanidad, los lectores deben saber que todo lo que existe no está solamente formado por energía, sino que existe otra realidad que no es menos importante.
Esta realidad equivale precisamente a aquello que experimenta la vida.
¿Pero, existe algo que experimenta la vida?
Sí, este algo existe.
En realidad no se encuentra nada más grande que esto.
Pero este «algo» no puede ser lo mismo que energía, porque energía es sinónimo de vibración, y vibración es lo mismo que movimiento, y movimiento – según su propia naturaleza – es una realidad inanimada.
El movimiento no tiene ni sentidos ni órganos y, a causa de ello, no puede experimentar nada en absoluto.
¿Qué sabe un soplo de viento sobre un salto de agua?
¿Qué sabe la caída de una gota de lluvia sobre la oscilación de un péndulo?
Nada en absoluto; porque un movimiento no puede experimentar «algo», pero «algo» puede experimentar el movimiento.
Como energía, en su sentido absoluto, es lo mismo que materia, nada, absolutamente nada, que aparezca como algo semejante a dicha materia puede ser idéntico al «algo» que experimenta.
Dado que todo objeto, para poder actuar directamente sobre los sentidos, debe ser igual a energía, sustancia, materia, el citado «algo» no se encontrará bajo ninguna de las seis formas de reinos de existencia.
Los reinos de existencia, como es sabido, están compuestos por energía.
Es cierto que somos testigos de que dichos reinos están poblados por inmensas multitudes de unas realidades que llamamos «seres vivos», pero estas realidades no pueden en ningún modo ser idénticas al propio «algo» que experimenta.
La evidencia muestra que dichas realidades constituyen combinaciones especiales y determinadas de las energías básicas.
A estas combinaciones las llamamos organismos o cuerpos.
Tras un análisis de dichos cuerpos llegamos al resultado de que son, hasta el más mínimo detalle, utensilios o aparatos construidos para responder a una finalidad concreta y sistemática.
Se trata de realidades que han sido creadas como consecuencia de un pensamiento precedente.
Cada cuerpo de este tipo ha tenido un comienzo y tendrá un final cuando haya cumplido su misión, cuando haya cumplido la finalidad para la cual fue construido.
El hecho de que estos cuerpos, en un sentido cósmico, constituyan «realidades creadas» es una prueba de que este «algo» vivo citado anteriormente existe.
Si no se quiere aceptar estos cuerpos como una prueba de la existencia de este «algo», se debe admitir que éstos se han creado a sí mismos; y la aceptación de esto va en contra de todas las leyes de la lógica, porque en los campos en los que el hombre de la Tierra tiene mayor competencia con respecto a la creación, es decir, allí donde él mismo está en condiciones de crear, nunca, bajo ningún tipo de circunstancia, será testigo de que una cosa se ha creado a sí misma.
Se trata de una afirmación semejante a la de que una máquina, una casa, un piano de cola, o cualquier otro objeto dentro del campo de la creación humana, ha llegado a ser por sí mismo.
Y del mismo modo que esta afirmación va en contra de los hechos, igualmente cualquier declaración que tiende a admitir que los cuerpos se han creado a sí mismos, irá en contra del hecho real y, por ello, será irreal o anormal.
Que «el algo» vivo existe es un hecho y los hombres lo han expresado, aunque en muchos casos sin tener conciencia de ello, bajo el concepto del «yo». Cuando un individuo dice: «yo vi», «yo sentí», «yo hablé», etc., este «yo» expresa este «algo» vivo. No fueron los ojos del ser en cuestión los que vieron, ni su boca la que habló, ni su cuerpo el que sintió, sino que fue su «yo» el que con ayuda de los ojos vio, con ayuda de la boca habló, y con ayuda del organismo sintió. Si este algo vivo no se encontrase presente tras su organismo, no habría ninguna diferencia entre un ser vivo y un «cadáver». Un cadáver es, precisamente, un organismo que ha sido desconectado de este «algo» vivo que lo ha creado y lo ha utilizado. Como el citado algo no es una realidad creada, no ha podido tener un comienzo sino que ha existido eternamente y, como no es vibración ni energía, no está sometido al cambio y, por ello, es eternamente inmutable y jamás puede tener fin. Como este mismo algo es idéntico al yo, es decir, a aquello que en el ser vivo experimenta la vida, y como no ha sido creado, es decir, como no tiene ningún comienzo ni ningún término, la experiencia que dicho ser hace de la vida se muestra, por ello, como algo eternamente duradero. Consecuentemente, se puede decir que todos los seres vivos son inmortales. Dado que este algo vivo no es una cosa creada y no está compuesto de energía, de materia, está por encima de cualquier tipo de análisis con excepción de uno: este que dice que este algo es el origen de la energía, ya que es éste el que experimenta las energías, y no lo contrario. Citar este algo dándole características especiales es una ilusión; si decimos que es grande o pequeño, amarillo o verde, malo o bueno, etc., estos conceptos manifestarán solamente activaciones particulares de energía, de realidades creadas que no pueden ser en absoluto expresión de este algo vivo. Este algo, este yo; es decir, lo que experimenta la vida en cada ser es – y será eternamente – una realidad sin nombre que está y estará por encima de todos los fenómenos y todas las cosas creadas y que, vinculado a un organismo, se manifiesta a nivel existencial como un ser vivo. |
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