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Índice de El destino de la humanidad   

 

 
Capítulo 2
Lo viejo debe caer
La desgracia actual de la humanidad es solamente una cuestión de evolución. Esta desgracia no puede por ello ser achacada a nadie, ni al sacerdote ni al malhechor, ni al pobre ni al rico, sino que se basa en el sistema existente. A éste no se le puede pedir que muestre un idealismo o un nivel de evolución superior a aquél que la media de la humanidad ha alcanzado con respecto a su nivel de conciencia, y del cual dicho sistema constituye un resultado. Y dado que la humanidad no es anormal, sino que tiene capacidad para hacer experiencias, capacidad para investigar, llegará, por medio de todos esos desequilibrios y molestias bajo los que ahora gime y suspira, a admitir la causa profunda de estas realidades y, de este modo, a la superación de su sombrío destino actual.
      Este destino será en todos sus detalles un objeto de investigación. Objeto dentro de cuyo dominio la humanidad está, actualmente, buscando conocimientos sobre como un sistema social o un régimen precisamente no deben ser. Ante sus ojos, se muestran hoy experiencias que se desencadenan en una antipatía creciente contra las condiciones existentes que minan el antiguo sistema social. Y esta antipatía supone la primera manifestación del comienzo del amanecer de un nuevo tiempo. El hecho de que seamos testigos de la caída de la antigua cultura mundial y del nacimiento de una nueva cultura, asimismo mundial, pronto será una realidad para todos. Del mismo modo, será una realidad el hecho de que atravesamos un momento decisivo y de extraordinaria importancia en la historia de la Tierra, y el hecho de que contemplamos un hito del inmenso reino de la eternidad.
      Las actuales generaciones de la humanidad han heredado del pasado una gran sabiduría que, para que no actuase de modo cegador e impracticable o incomprensible, fue moderada y adaptada a la primitiva facultad imaginativa de las generaciones antiguas por medio de símbolos o metáforas. Esta sabiduría todavía se transmite hoy bajo la misma forma; es decir, con las mismas limitaciones o metáforas, y no tiene fuerza suficiente para actuar sobre las generaciones modernas. Éstas, siguiendo otros caminos – en parte el de la investigación científica y en parte el del desarrollo de una vida afectiva más adulta – han alcanzado conocimientos que, aunque no son suficientes para cimentar las exigencias religiosas o morales, han eclipsado desde hace tiempo esa vestidura o esa interpretación de tipo exterior por medio de las cuales este patrimonio heredado fue atenuado. Dicha interpretación ha sido por ello percibida por las generaciones modernas, en mayor y mayor grado, como anticuada o ingenua; se ha transformado paulatinamente en dogmas. Y esto debía necesariamente crear un desequilibrio entre estas generaciones y los predicadores de la sabiduría heredada del pasado por medio de la tradición.
      Como consecuencia de ello, surgieron incrédulos y librepensadores. El interés por ir a la iglesia disminuyó. Ser religioso no era moderno. Y comenzaron a activarse las condiciones para una cierta desmoralización. Este desequilibrio ha sido en muchas ocasiones calificado de «falta de religiosidad». Pero esta calificación es muy errónea porque nadie puede carecer de religiosidad en un sentido absoluto. Aunque el ser humano no pueda creer en una determinada metáfora, una determinada forma o un dogma, cree sin embargo en la verdad. La única exigencia es que dicha verdad se manifieste en una forma que tenga resonancia en su interior porque, cuando esta verdad es interpretada en armonía con sus propias experiencias o vivencias, cree de un modo absoluto; y si en una situación semejante no cree, esto puede suceder simplemente a causa de aspectos enfermizos que se hallan en su conciencia; y como en este caso se trata de un ser anormal no lo tomaremos en consideración.
      Así pues, el hombre de la Tierra no se encuentra solamente en desequilibrio con la parte material, sino también con la parte religiosa o espiritual de lo que concierne a la experiencia de la vida.


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