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| Índice de El destino de la humanidad |
Capítulo 25
El temor a la muerte se debe a la ignorancia
Como los sentidos del hombre de la Tierra común aún no son lo suficientemente vigorosos como para que, por medio de su experiencia propia, pueda adquirir conocimientos sobre los análisis de su yo, y como esto le impide adquirir conciencia de su inmortalidad, cualquier tipo de existencia espiritual es para este ser, todavía y solamente, un asunto de fe o una teoría.
El hecho de que sus conceptos, o ideas sobre la vida y la existencia, acompañen a su cuerpo físico y sucumban con él es una consecuencia lógica de todo ello.
Dado que llega un día en que el cuerpo físico está desgastado y su interrelación con los otros cuerpos no puede mantenerse, éste, como se ha citado anteriormente, se desprende del yo y se muestra como un «cadáver».
Como el individuo se identifica con este cuerpo, no espera este acontecimiento con especial alegría sino que, al contrario, lo espera más bien con temor.
Este temor puede incluso, en ciertos casos, degenerar en un terror incontrolable.
El individuo no comprende en absoluto su situación y cree que el proceso de la muerte es su propia e irreversible ruina o total destrucción.
Como el hombre de la Tierra cree que dicho proceso o «muerte» es la destrucción del individuo, es decir, el fin total de su existencia, no es solamente su propio encuentro con este proceso lo que espera con terror, sino naturalmente también el contacto de sus seres queridos con este mismo proceso; cuando éste afecta a uno de ellos, el superviviente se aflige y se viste de luto.
Si no lo hace, va contra el criterio moral vigente.
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