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| Índice de El destino de la humanidad |
Capítulo 35
El principio mortífero se transforma en una condición vital
Como la energía del peso es explosiva por naturaleza y la energía del sentimiento es todo lo contrario, es decir, actúa de modo represivo o inmovilizante con respecto a la energía del peso, una conciencia en la que dominen ambas energías puede compararse con un volcán.
Si la energía del sentimiento es la dominante, ésta inmoviliza la energía del peso e impide las explosiones, pero si la energía dominante es la del peso, esta energía quiebra el freno de la energía del sentimiento y tienen lugar las explosiones.
Tales «explosiones» tienen lugar en la conciencia y son de tipo microscópico o espiritual, pero se manifiestan en el pensamiento o vida interior del individuo como cólera, actitud furiosa o deseos homicidas.
Dicho brevemente, estas explosiones son el factor desencadenante de todo impulso capaz de fomentar «el principio mortífero».
Y como la energía del peso abarca toda una zona o reino de existencia en el cual ésta no puede ser totalmente inmovilizada por la energía del sentimiento, la experiencia de la vida que el yo adquiere en este reino de existencia solamente puede tener lugar con estas explosiones como base.
La cólera, la actitud furiosa o los deseos homicidas que han sido citados como factores de la conciencia, se acentúan en este reino y hacen del principio mortífero una condición vital.
Esta zona, en la que los individuos deben directamente matar para vivir, se identifica con «el reino animal» o segundo reino de existencia en la zona de la espiral, zona a la que el hombre todavía pertenece.
Con respecto a matar, debe sobrentenderse naturalmente la destrucción del cuerpo físico y no una destrucción del yo.
Éste es, como se ha mencionado anteriormente, inmortal.
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