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Índice de El destino de la humanidad   

 

 
Capítulo 40
El nacimiento del amor
La humanidad no vive en armonía con las leyes de la vida y se causa a sí misma grandes molestias y sufrimientos; sin embargo, es de este modo como entrena y desarrolla las facultades afectivas de los individuos. Por lo que respecta a la zona de las experiencias afectivas, el horizonte de estos individuos se ensancha de modo que finalmente no sólo son capaces de sentir en la zona relacionada con las sensaciones toscas y las enfermedades, sino también en las zonas en las que los matices afectivos alcanzan dimensiones más sutiles. Esta facultad afectiva refinada se plasma en simpatía hacia los seres que sufren, en necesidad de ayudar, en necesidad de ser algo para otros seres, etc. Simultáneamente, el individuo en cuestión comienza a no poder matar animales, a ser incapaz de dañar a un ser vivo, a poder tolerar una ofensa, a gozar de la naturaleza y de su abundancia de seres vivos: hombres, animales, plantas y minerales. Un sentimiento tal es «el amor» incipiente, es la más alta energía originadora de placer que existe en la vida. La energía del sentimiento, sin embargo, no puede, tal como su sentido original implica, ser totalmente amor antes de llegar a ser dominada o sostenida por un cierto grado de energía de la inteligencia.
      Como ya hemos mencionado, la inteligencia es necesaria para que el individuo adquiera conciencia detallada de sus experiencias o manifestaciones de tipo afectivo, para que llegue al conocimiento de la auténtica naturaleza de éstas. Si la inteligencia no está lo suficientemente desarrollada, el individuo sólo puede dirigir su sentimiento por medio de su instinto o su capacidad de presentimiento. El individuo, cuando se sirve de esta capacidad que está en una fase degenerativa, y aunque su actuación haya sido motivada por una relevante simpatía, puede fácilmente ocasionar accidentes a otros seres. Con otras palabras, el individuo no puede, en ningún modo, actuar correctamente mientras sus facultades intelectuales no hayan alcanzado un nivel de desarrollo que le permita poder alcanzar una inteligente visión de conjunto sobre su propia actuación; hasta este momento, el individuo sólo puede actuar por motivos degenerados, de tipo instintivo, basados en el presentimiento y, por lo tanto, inseguros. El sufrimiento desarrolla el sentimiento, pero el sentimiento debe ser dominado por una perfecta inteligencia antes de poder transformarse realmente en racional. En caso contrario, se hace realidad el antiguo refrán que dice que «el amor es ciego». El amor irracional no es amor, sino solamente sentimiento incontrolable y, por ello, primitivo.


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