Lee y busca en El Tercer Testamento
| Índice de El destino de la humanidad |
Capítulo 6
Dos formas de religiosidad
Como se deduce del capítulo anterior, la humanidad puede agruparse bajo dos formas distintas de religiosidad.
Una de ellas constituye la forma más conocida que comprende los seres que pueden creer ciegamente en los relatos religiosos heredados del pasado sin, realmente, comprenderlos.
Se trata de seres que viven según los dogmas, que se consideran a sí mismos como «creyentes», como «salvados», como «santos», como «bienaventurados», y son felices con su «fe».
Por el contrario, la otra forma de religiosidad comprende a todos los individuos que no pueden creer. En efecto, el creer no depende de la voluntad. Con respecto a una afirmación, se puede adoptar una postura amigable u hostil, porque dicha actitud depende del control de la voluntad; pero el hecho de creer en una afirmación está totalmente fuera del control de la voluntad. La capacidad de creer es algo que se tiene o no se tiene. Pero dado que el hecho de poder creer se debe a una capacidad innata, el hecho de no ser religioso no es ningún delito, porque no se pueden ejecutar actos que se basan en cualidades que no se tienen. Por ello, cualquier forma de intolerancia se manifiesta a la visión oculta como el más alto grado de ingenuidad. La misma ingenuidad se hace presente cuando, de modo erróneo, se califica a los seres no creyentes de «incrédulos», «condenados», «hijos del mal», etc.; y el problema se acentúa cuando se califica a la mayoría de «falta de religiosidad» porque, de este modo, se va contra los hechos absolutos. La experiencia de la vida se basa exclusivamente en la atracción por lo desconocido, lo cual constituye el núcleo de toda forma de religiosidad. Toda persona normal tiene por ello un deseo más o menos acentuado de llegar a comprender el misterio de la vida; y a causa de su ansia de saber y su curiosidad – por ínfimas que éstas sean – es religiosa por naturaleza. Pero no todos los individuos tienen el mismo sentido crítico con respecto a la interpretación de los misterios de la vida; y por ello debemos distinguir entre seres para los que una interpretación de tipo emotivo es suficiente y seres para los que dicha explicación no es suficiente y que, además necesitan una explicación de tipo intelectual. Una interpretación de tipo emotivo significa una interpretación religiosa, es decir, una exposición de los más altos misterios de la vida que apela más bien a los sentimientos del individuo que a su sentido lógico. Una interpretación semejante se manifiesta también bajo la forma de una ceremonia – o bien, oficio religioso – con la correspondiente música de órgano, canto religioso, velas de altar, imágenes de santos, bautizos, sacramentos, sacerdotes y monaguillos con ropas ceremoniosas, hermosos relatos sobre actos de amor y cosas parecidas. Y no puede negarse que una interpretación de este tipo puede actuar de un modo altamente inspirador, confortador y extasiante para la mente sensible, y puede dar al individuo una cierta sensación de la cercanía de Dios. Pero este sentimiento no es perfecto. Se trata de un sentimiento falto de análisis. Es la sensación que el ciego tiene de algo que no ve. Y aquí tenemos el núcleo de la forma más frecuente de religiosidad. |
Comentarios pueden mandarse al Martinus-Institut.
Información de errores y faltas y problemas técnicos puede mandarse a webmaster.
Síntesis