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Índice de El misterio de la oración   

 

 
Capítulo 9
«Padre nuestro, que estás en los cielos»
La oración «Padre nuestro» expresa la actitud mental absolutamente perfecta hacia la Providencia o Divinidad en nueve concentraciones especiales de pensamientos. La primera de ellas es «Padre nuestro, que estás en los cielos». Por medio de estas palabras la persona que ora puede, poco a poco, ir dejando totalmente fuera todos los tipos de pensamientos irrelevantes y, así, abrir completamente un canal entre ella y la Providencia todopoderosa o el Padre eterno, a través del cual sus deseos sucesivos pueden subir hasta la conciencia de este ser celestial. Estas palabras son tan claras y están formuladas de una manera tan concentrada que no pueden dejar ninguna duda en los invisibles seres angélicos, que por todas partes en la naturaleza están presentes como los especiales «órganos de audición» del Padre, que oyen incluso el menor suspiro del que ora, y por medio de los cuales las vibraciones de la oración son llevadas a otros seres angélicos, celestiales e invisibles, que son los órganos del Padre celestial para la creación de su reacción frente al ruego o a la petición del que ora. Con respecto a la existencia de estos seres invisibles debo remitir a mi obra principal «Livets Bog».* Aquí quiero simplemente indicar que, en realidad, estos seres son los que se conocen con el nombre de «ángeles», y sobre los que Cristo dice: «¿Por ventura no son todos ellos unos espíritus que hacen el oficio de servidores a favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud?» Por medio de estos seres tiene lugar toda la correspondencia entre la persona que ora y la Providencia, entre Dios y el hijo de Dios. Sin estos seres como intermediarios es imposible toda correspondencia con la Divinidad. La conciencia de la Divinidad, igual que otras formas de conciencia, no puede funcionar sin órganos, ¿y cómo podrían existir los órganos de Dios sin ser idénticos a los de los seres vivos? Por esto todo está tan divinamente dispuesto en el eterno orden del universo, que no podemos percibir, no podemos ver o concebir a todos los seres que la Providencia usa como intermediarios entre ella y nosotros, porque en caso contrario nos equivocaríamos con respecto a estos seres y a la Divinidad, del mismo modo que el hombre terreno en los estadios primitivos se equivoca con respecto a los seres vivos y a la Divinidad. Cree que los seres vivos, amigos y enemigos, son una cosa y la Divinidad otra cosa. Puede ver, percibir o concebir a estos semejantes, mientras cree que la Divinidad es un ser totalmente distinto, que de ninguna manera es visible físicamente y se encuentra directamente en otro lugar. A este otro lugar lo ha designado como «el cielo». Pero si los seres pudieran ver este «otro lugar» físicamente y a la Divinidad como a un ser que vive en este «lugar», experimentarían que dicho «lugar» estaba igual de poblado de seres vivos que su propia esfera, y que la Divinidad desaparecía totalmente en este hormiguero de vida. Nunca, en toda la eternidad, experimentarían a ninguna Divinidad. Todo sería solamente «otros seres» y «cosas», exactamente igual que sólo hay «otros seres» y «cosas» en su propia esfera. Pero gracias al hecho de que el universo tiene que presentársele inequívocamente a la facultad de percepción de cada ser vivo en dos partes, a saber, en una visible y una invisible, al ser vivo le es posible liberar su facultad de percepción, y con ella su pensamiento, de la parte visible, de «los otros seres» y de «las cosas», y, de este modo, experimentar el cosmos, universo o naturaleza como la parte invisible apareciendo en una forma totalmente distinta a «seres» y «cosas». Que esta parte invisible del universo no es ninguna «nada» se le revela al ser rápidamente como un hecho. Ve, precisamente, que todo lo visible procede de esta parte invisible y entra de nuevo en esta parte. Si esta parte fuera, por consiguiente, lo mismo que una «nada», todo lo visible: «seres y cosas», tendría, claro está, que surgir de «nada», lo cual es, evidentemente, imposible. «Nada» no puede jamás convertirse en «algo», del mismo modo que «algo» nunca puede convertirse en «nada». Cuando a esto se le añade que la parte visible se muestra exclusivamente como efectos de la parte invisible, la parte invisible se convierte, así pues, en idéntica a «algo» que se revela por medio de la parte visible. Pero, de este modo, el análisis del universo es, claro está, idéntico al análisis del ser vivo, que también expresa de manera inalterable un «algo invisible» que se revela por medio de un «algo visible». Aquí no puedo tratar este problema más ampliamente, sino que tengo que remitir a mi obra principal. Aquí sólo he mencionado el problema para mostrar que «seres» y «cosas» no constituyen todo lo que existe, sino que el conjunto de todo «lo invisible» del universo constituye un «algo» del que todo «lo visible» son instrumentos. Todo lo visible es, así pues, una manifestación o revelación de este «algo», y como esta manifestación o revelación es una creación lógica, expresa, por consiguiente, pensamiento y voluntad. La parte invisible del universo, la vida o la existencia constituye, por lo tanto, «un algo que piensa y tiene voluntad» y la sensación de la existencia de este «algo» supremo es el fundamento de la religiosidad o relación con Dios de todo ser. Pero esta relación nunca habría podido convertirse en realidad o experiencia absoluta, si la facultad de percepción de los seres no se hubiese, precisamente, limitado, de modo que una parte del universo existente con sus seres vivos y cosas se hizo invisible, y los seres fueron, de este modo, liberados de tener que considerar el universo exclusivamente como una simple multitud de seres y cosas. Haciéndose invisible surge la posibilidad o la facultad de ver la multiplicidad como expresión de un «algo» invisible que dirige una voluntad y, por consiguiente, como constituyendo una unidad con el mismo análisis que el ser vivo. De este ser sólo se puede decir, por consiguiente, tal como precisamente está indicado en la primera concentración de pensamientos del «Padre nuestro», «Tú que estás en los cielos». «Los cielos» sólo pueden ser las esferas, el universo o cosmos. La actitud de la persona que ora con respecto a la Divinidad es aquí, por lo tanto, correcta al cien por cien o está perfectamente dirigida. El ser hacia el que aquí se concentra o dirige la actitud del que ora no es un ser «arriba en el cielo» o de otro modo en algún lugar, no es un ser de tal o cual rango o tamaño. En este caso el ser que ora sólo se dirigiría a un «semejante» con su oración. Un ser que está en algún lugar, un ser que tiene un tamaño, un rango o que representa un estadio evolutivo no es una divinidad, sino un hijo de Dios. Pero el ser que está en «los cielos» sólo puede ser un ser que «está en todas partes», un ser que constituye todas las esferas, un ser que es todos «los cielos». De seres así sólo puede haber uno, a saber, la Divinidad eterna. Con la expresión «Padre nuestro» dirigimos toda nuestra alma con una actitud filial a esta Divinidad. Con la expresión «Tú que estás en los cielos» le damos a nuestra actitud filial un destinatario absolutamente infalible, una dirección totalmente directa hacia el Padre eterno. Aquí sólo se puede tratar del único ser que está en «los cielos». Que en esta oración no puede haber nada egoísta se desprende claramente de las palabras «Padre nuestro». En la palabra «nuestro» el que ora manifiesta claramente que la Divinidad es «el Padre de todos». No se percibe a sí mismo como favorito de este Padre, sino que en su oración se hace uno con todos los otros seres y los reconoce como sus hermanos ante la Divinidad. Una actitud más perfecta y más noble en una oración a la Divinidad no se puede manifestar.
 
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* Notas aclaratorias de la traductora: Martinus ha deseado que el título de su obra capital «Livets Bog», que significa El Libro de la Vida, no se traduzca y que en todos los idiomas se mantenga el nombre original danés.


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