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Capítulo 11
«Yo soy la resurrección y la vida»
Es de noche, se trata de la noche del sabbat judio. Comienza a amanecer; ese amanecer, que iba a ser el más grande de la Tierra, se acerca. Pero la oscuridad descansaba todavía sobre Jerusalén y sus alrededores. Junto al sepulcro de Jesús la guardia había sido redoblada. Según instrucciones preceptivas estaba vigilado por una selección de los mejores soldados romanos en Jerusalén. Esos profesionales de la muerte, esos especialistas en asesinar y matar formaban una guardia digna para el mantenimiento de la superstición y la ignorancia. Esa parada militar del sepulcro, instruida bajo las exigencias más rigurosas y bendecida por los propios sacerdotes de Dios, iba a esforzarse al máximo para – aunque de modo inconsciente – hacer honor a la muerte y al paganismo. Ninguna esperanza de inmortalidad, ninguna prueba de la continuación de la vida, ninguna idea sobre la inviolabilidad del ser vivo debía lograr pasar a través de esta roca mortuoria hecha de primitivismo, piedra y acero, espadas y lanzas.
      Pero el Padre eterno deseaba que estas cosas sucediesen de otra manera. Todavía antes del amanecer, desconocidas fuerzas invisibles vibraron en las cercanías del sepulcro. Estas fuerzas actuaron de un modo tan poderoso que los guerreros – por lo demás tan intrépidos y valerosos – comenzaron a desazonarse. El sepulcro, ese costoso tesoro que se les había encargado vigilar, atrajo sus miradas, y sus rostros quedaron petrificados. Del interior del sepulcro comenzó a irradiar una luz tan fuerte, que los gruesos muros de piedra adquirieron la transparencia del cristal. Esta luz comenzó, poco a poco, a vibrar con unas oscilaciones que no podían ser soportadas por los sentidos terrenos. La guardia de la muerte cayó impotente a tierra. Ningún ojo terreno fue testigo del acto celestial que tuvo lugar.
      Sin embargo, con los primeros rayos del sol matutino se vio que el sepulcro estaba vacío. Y por toda la Tierra vibran todavía hoy las palabras: «Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera, vivirá».


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