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Capítulo 4
La adquisición por la humanidad del modo de ser del redentor del mundo es lo único que puede ser su «salvación» o «liberación»
La auténtica «salvación del mundo» no consiste, de este modo, en el aplacamiento de un dios «propenso a la ira», porque «la ira» no pertenece al ámbito mental de un dios.
Ésta es sólo la manifestación de un «feto» espiritual, o la manifestación de la disposición de la conciencia primitiva de un alma espiritual no nacida.
«La salvación» citada anteriormente tampoco es la expiación de «los pecados» de la humanidad, porque una humanidad no puede «pecar» del mismo modo que los animales no pueden pecar, ni las plantas, ni los minerales pueden cometer «delitos».
La humanidad está formada por seres vivos.
Los seres vivos se encuentran en una etapa de su desarrollo.
La etapa de desarrollo constituye, por su parte, una manifestación especial basada en la experiencia o los hechos especiales que el individuo ha adquirido a través de la evolución precedente.
La existencia o la manifestación del individuo está, así, obligada a basarse en sus experiencias o sus conocimientos precedentes.
Sus experiencias futuras no pueden dominar en absoluto su actuación en el presente o antes de la experiencia.
Sin embargo, cuando el individuo actúa en el momento presente, su actuación esta limitada a las experiencias vividas hasta este mismo momento y, en consecuencia, al conocimiento derivado de ellas; por lo tanto, esta nueva y reciente actuación tiende a ser deficiente y, de modo análogo, a ser deficiente o primitiva en relación con su actuación futura.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el individuo está exento de culpabilidad con respecto a esta deficiencia.
Y cuando el individuo está exento de culpabilidad en su actuación, en su conducta que se muestra como primitiva o errónea, ésta no puede en absoluto calificarse de «pecado» o «delito», independientemente de lo oscura, brutal o cruel que esta actuación se manifieste.
Del mismo modo que el individuo debe atravesar diversos grados de crecimiento físico en su desarrollo de niño a adulto, así también cada una de sus actuaciones sólo puede tener lugar como expresión de una etapa que éste debe pasar en su desarrollo desde un nivel bajo hacia un nivel más elevado.
De esta manera, podemos decir – en sentido cósmico – que no existe delito o pecado y, por tanto, no hay nada que expiar; aunque no se debe olvidar que cada acto tiene su consecuencia, y ésta, al margen de que sea luminosa u oscura, alegre o dolorosa, es una necesidad para la evolución o la formación de la conciencia del individuo. Todo saber o conocimiento absoluto es idéntico a la consecuencia de unos actos. Dispensar al individuo de ellos sería lo contrario a amar, porque esta liberación detendría su evolución ulterior y lo dejaría detenido en un nivel de conciencia primitivo. Una Providencia que, de este modo, fomentase la detención de la evolución del individuo y, con ello, le impidiese el acceso a una existencia superior y más transfigurada que la actual; una Providencia que lo condenase a una eterna y continuada existencia en el error y en la ignorancia de los auténticos y elevados análisis de la vida, sería idéntica al súmmum de la brutalidad. Sin embargo, es evidente que la auténtica divinidad no se muestra de este modo. Una divinidad puede ser solamente la culminación del amor, y por ello el universo es, en todos sus detalles, su gobierno, sus leyes, la expresión del más elevado amor a los individuos. Todo se basa en que alcancen el mayor despliegue posible de conciencia, el mayor conocimiento posible, las mayores dotes artísticas; en definitiva, se trata de la creación completa del ser a la imagen y semejanza de Dios. Por ello, no se trata en absoluto de hablar de una «reconciliación»; no hay nada que «reconciliar». El ser evolucionado tampoco pide a Dios a gritos que le dispense de la responsabilidad o de las consecuencias de sus actos, al margen de lo dolorosas que éstas sean, ya que dicho ser conoce la necesidad de ellas. Éste desea solamente: «Hágase tu voluntad, no la mía». Sólo el ser primitivo opone resistencia a este amor de la Providencia, del mismo modo que el niño pequeño, en ocasiones, opone resistencia a esa faceta del amor paterno que consiste en la educación, el aseo y la enseñanza. «La salvación» del mundo no consiste pues en librar a los hombres de las consecuencias de sus actos negativos y dejarles, solamente, conservar las consecuencias de sus buenos actos. Un modo de manifestación tal no sería, en relación con lo citado anteriormente, su «salvación», sino su total «perdición». Una liberación de la oscuridad puede solamente tener lugar por medio de la renuncia a las realidades o causas de las cuales la oscuridad es una consecuencia. Mostrar con su propia vida como una renuncia tal se manifiesta, expresar con su modo de ser habitual un amor semejante a todo y a todos de modo que la cercanía de Dios se palpe no solamente en la luz sino también por medio de la oscuridad, mostrar que quienes nos odian y persiguen también son una revelación de Dios, revelar su ser siendo uno con el Padre y manifestar su inmortalidad, su conciencia cósmica, «el espíritu santo», es la base desde la cual un redentor del mundo salva al mundo. La adquisición o desarrollo del modo de ser de este redentor del mundo – y sólo y únicamente esto – es su salvación. Ciertamente existe algo que se llama «el perdón de los pecados», pero éste entra solamente en vigor en las circunstancias en que la consecuencia de un error o un «pecado» es innecesaria para el individuo; lo cual quiere decir que el individuo, antes de que las consecuencias hayan tenido lugar o hayan vuelto a su punto de origen, ha alcanzado esa experiencia o expansión de su conciencia que el resultado de la consecuencia citada debería haber causado. Así pues, «la salvación» del mundo no consiste en la evasión de la humanidad a las consecuencias de sus actos, dejando a un redentor del mundo sufrir por ellos. Muy al contrario, «la salvación» supone la conciencia de responsabilidad por parte del individuo, la admisión de sus propios errores como tales y el desarrollo – por medio de la práctica – de la madurez adquirida por medio de su experiencia y que se manifiesta en la aspiración ineludible de hacer el bien donde anteriormente se hacía el mal, de actuar correctamente donde anteriormente se actuaba erróneamente. Solamente de este modo el ser alcanzará la auténtica felicidad, la conciencia divina, la transfiguración de la existencia. |
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