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Índice de ¿Qué es la verdad?   

 

 
Capítulo 10
Cuando el hombre de la Tierra ha perdido su capacidad de creer
La primera fase era «el camino» basado en «el rey», en cuyas manos se hallaba todo lo referente a la planificación intelectual y a la orientación de la vida cotidiana de sus «súbditos», debido a que éstos todavía estaban incapacitados intelectual o espiritualmente; en la nueva fase el hombre de la Tierra ha avanzado tanto en su ciclo espiritual, o paso por la materia, que ya no necesita al «rey iniciado». Este hombre piensa por sí mismo y ha perdido su instinto religioso, y con él la capacidad de creer. Como la fe solamente puede basarse en la confianza, esto significa que el avanzado y moderno hombre de la Tierra ha perdido la facultad de confiar en las palabras del «rey»; es decir, en los altos dogmas religiosos o tradiciones o, dicho de otra manera, en todo lo que se halla fuera de sus capacidades de comprensión intelectual. Es inútil que los dogmas o declaraciones sean de esa o aquella autoridad relevante que tiene tantos y tantos adeptos. Que estos dogmas, declaraciones o respuestas a las preguntas sobre la existencia procedan de Cristo, Buda, Mahoma, o de su mejor amigo no sirve en este caso para nada. A un ser que se halla en esta fase, le es imposible creer en algo que no pueda documentar o confirmar lo suficientemente desde un punto de vista intelectual.
      El hecho de que un ser humano de este tipo ya no pueda encontrar inspiración en la Iglesia ni en factores basados en simples afirmaciones o dogmas religiosos tales como sacramentos, ceremonias o cosas parecidas, es evidente, porque la inspiración o el estímulo de tipo positivo con ayuda de estos medios supone una facultad de creer fuerte y firme. En relación con esto, vemos como la asistencia a los oficios religiosos autorizados va disminuyendo paulatinamente y como las sociedades que se basan en dogmas inflexibles, o en la fe, van perdiendo prosélitos. Excomulgar a todos aquellos que abandonan la Iglesia u otras sociedades religiosas y anunciarles un infierno con fuegos y hogueras o «la perdición y maldición eternas» es inútil y revela solamente la ingenuidad o ignorancia, con respecto a esta faceta de la auténtica verdad, de quienes pronuncian esta excomunión. Pero es perdonable, porque quien promulga una condena tal todavía es un «súbdito creyente» del «rey iniciado», ya sea éste Cristo, Buda, Mahoma u otra autoridad religiosa. Este ser aún no sabe nada de lo que no poder creer significa. Vive en el engaño de que la fe solamente es un acto de voluntad.


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