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Capítulo 12
Del modo en que surge el conocimiento material o ateo
Como el ser ha perdido su instinto o su facultad de creer y no puede adquirir «conocimiento cósmico» solamente por medio de la inteligencia, su campo de conciencia o amplitud mental es menor que el del hombre primitivo o simple. Sin embargo, el pequeño campo que domina con su conciencia se muestra con todos sus detalles, y éstos se basan en auténtico conocimiento; mientras la conciencia del ser religioso se muestra en estos campos como un «presentimiento no analizado» de modo que los detalles se presentan borrosos y aquello que se muestra de un modo más sólido no son hechos sino que, en el mejor de los casos, solamente puede llegar a ser asunto de creencia. Aquel ser ya no puede creer sino que debe satisfacer su sed intelectual a través del conocimiento. Como, en realidad, su capacidad para adquirir auténtico conocimiento se encuentra en su estadio inicial, sólo puede adquirirlo sobre los campos más elementales de la vida, es decir, sobre los campos en los que por medio de sus sentidos físicos puede directamente oír, oler, gustar sentir o percibir. Y como de todo aquello que directamente puede experimentar por medio de sus sentidos sólo se pueden obtener resultados de tipo material, de los pensamientos y la vida espiritual de este ser sólo se podrán deducir conocimientos de este tipo. Estos resultados son los que paulatinamente crean la ciencia material y hacen de sus fuentes unas autoridades científicas. Para semejantes autoridades materialistas, tanto el universo como los seres vivos sólo forman esas combinaciones de materia que para su conciencia diurna pueden constituir hechos tangibles. Estas mismas autoridades negarán todo lo que se halla por encima de esto, tal como la Divinidad o una Providencia viva, el yo inmortal del ser vivo y la ley de causa y efecto o karma, para no citar la aceptación de la reencarnación a la que más bien consideran como manifestación de anormalidad o enfermedad mental. Todo aquello que no se puede documentar por medio de su peso y sus medidas o que no puede ser controlado según su volumen o consistencia y ser presentado con resultados numéricos, es para ellos algo totalmente irreal que niegan y combaten. Y con ello somos testigos de que su instinto religioso, es decir, su facultad de creer, está totalmente dominada por su incipiente inteligencia. Con esta inteligencia tan débil, no pueden de ninguna manera demostrar su pretensión de ateísmo ni hacer de éste un hecho, aunque por medio de ella puedan pesar cuerpos espaciales, controlar átomos, medir la velocidad de la luz y otras muchas cosas. Estos seres, por lo que se refiere al campo religioso, siguen todavía siendo creyentes, aunque el objeto de esta fe sea la negación de la Divinidad y de todos los demás factores y resultados eternos. Con esta creencia, el ser se ha transformado en un adversario, un enemigo de estos altos fenómenos religiosos; y su alejamiento de Dios no puede ser mayor. El hijo de Dios se ha alejado de su Padre. «El hijo pródigo come con los cerdos», lo cual en realidad significa que se halla en la culminación del principio animal, de la manera animal de vivir o «principio mortal». El principio divino más alto, los más altos resultados religiosos son «perlas» intelectuales que, considerado intelectualmente, un ser de este tipo mastica y destroza, tal como «los cerdos» o animales masticarían perlas materiales destrozándolas si se las echasen en su camino, al margen de lo preciosas o auténticas que fuesen. Pero también en este caso debemos perdonar a los seres materialistas o no creyentes. De acuerdo con su estructura física, un ser de este tipo no puede, en este estadio en que se halla, ser distinto. Su inteligencia se ha convertido en el factor que todo lo domina, tanto en su mentalidad como en la dirección de su voluntad. Al mismo tiempo que su instinto ha degenerado, ha declinado también su sed religiosa. Esta degeneración ha sido estimulada por su sed de conocimiento material, es decir, por esa ansia que solamente puede satisfacerse con el goce de los frutos del «árbol de la ciencia».


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