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| Índice de ¿Qué es la verdad? |
Capítulo 13
La verdad es el conocimiento absoluto de la mentira
A medida que esta ansia fue aumentando y haciéndose más fuerte que la religiosa, el instinto de conservación, dirigido por el conocimiento, fue exigiendo la satisfacción de esta necesidad intelectual en vez de la satisfacción de esa ansia religiosa que se había ido debilitando.
Ésta había ido disminuyendo de modo progresivo hasta que finalmente se extinguió.
El hecho de que esta sed tuviese que capitular ante el afán de conocimiento material se debe simplemente a que aquella estaba saciada, hasta el punto de sentir antipatía o asco.
El ser no podía continuar evolucionando siguiendo «el camino de la fe» sino que debía ser conducido a toda costa hacia «el camino de la experiencia».
Sólo la experiencia o vivencia personal le podía dar satisfacción, podía saciar su afán de conocimiento.
Con éste, como factor dirigente, el hijo de Dios se había convertido en un «buscador de la verdad»; y es comprensible que tenía que ser colocado en una zona en la que esta «verdad» podía encontrarse.
La verdad es, en sí misma, un océano formado por miríadas de olas de distintos tamaños, con oleaje y marejada, con calma y sol resplandeciente; y como el ser ya no podía seguir creyendo, y como tener «pruebas palpables» se había convertido para él en una condición vital, tuvo, necesariamente, que ser conducido a zonas en las que las diversas formas de manifestación de la verdad, es decir, sus contrastes, bajo su manifestación más clara, podían encontrarse o ser activadas.
Como la verdad es un conocimiento absoluto de la mentira, es decir, de los contrastes de la vida en su totalidad: el odio, la venganza, el asesinato, el homicidio, el dolor, el sufrimiento, la falta de salud, la enfermedad, o dicho de otra manera, de la transgresión de las leyes más elementales de la vida y del amor, el ser o hijo de Dios debía ser llevado a la esfera o dominio especial de la mentira u oscuridad. En una zona en la que jamás se manifestase la mentira, el dolor, el sufrimiento, el asesinato, el homicidio, el dolor y la añoranza, en una zona en la que todo fuera un perfecto cumplimiento de las leyes de la vida, y en la que esta vida sólo pudiese existir como matices del goce, el regocijo y la alegría, sería imposible adquirir, de un modo directo, un conocimiento verdadero sobre las bases y la naturaleza auténtica de una existencia de este tipo. Este conocimiento solamente podría adquirirse a través de otros seres que poseyeran este saber bajo la forma de tradiciones o narraciones. Pero como los seres no pueden creer y solamente pueden confiar en las experiencias propias, su camino hacia el conocimiento verdadero debía ser, tal como ya se ha dicho, el de la experiencia o vivencia propia, que es lo mismo que «el disfrute del árbol de la ciencia». Es por ello que el camino del ser vivo hacia la vida o verdad debía, necesariamente, llevarlo a través de la esfera de la oscuridad. El hijo de Dios debía, forzosamente, abandonar a su Padre para experimentar, de este modo, que éste era absolutamente necesario. El ser vivo tenía que hacer la experiencia de «estar sin Dios» para llegar a reconocer lo que, en realidad, es la vida o existencia sin Dios. «La tentación de la serpiente» y «los reyes iniciados» fueron «el camino» hacia esta esfera. Pero, como ya hemos comprobado, éste no es «el camino» que el ser necesita; ahora «lo único necesario» es la verdad misma, desnuda y sin velos. Ahora, lo único que puede satisfacer la sed intelectual del avanzado hombre de la Tierra son las respuestas más elevadas, la sabiduría más alta como ciencia o hechos concretos experimentados de forma personal y concreta. ¿Y puede acaso imaginarse una posibilidad mejor para saciar esta sed que la que el reino de existencia* de este ser va, paulatinamente, manifestando? ¿Dónde se muestra la habilidad de hacer experiencias excediéndose física e intelectualmente, la habilidad de odiar y perseguir, torturar y mutilar a los seres que le rodean y a su entorno de manera más genial que en el hombre de la Tierra, que todavía se halla en un estadio animal? ¿Qué es el día del juicio? ¿Es, acaso, el desencadenamiento de un castigo, un acto de venganza de una Providencia divina a causa de los pecados que el hombre de la Tierra ha cometido? Las autoridades religiosas creen, ciertamente, en una Providencia de este tipo sin darse cuenta de que de este modo rinden culto a una divinidad con unas tendencias sádicas muy acentuadas, tendencias de las que muchos hombres de la Tierra se han distanciado hace mucho tiempo. Además, menosprecian e ignoran totalmente las palabras de esa misma Divinidad, con respecto al problema de la culpa de los pecadores, pronunciadas por su mayor guía, o redentor del mundo, Jesucristo, cuando desde la cruz dijo sobre sus verdugos: «...porque no saben lo que hacen». ¿Es, acaso, posible imaginarse mayores pecadores que aquellos que persiguen a la máxima verdad y justicia y crucifican a los seres de los que irradia la más alta humanidad o amor al prójimo? Y sin embargo, de estos, los más grandes transgresores de las leyes de la vida, se dijo: «no saben lo que hacen». Mostrar cólera, odio y perseguir a estos seres con brutalidad, castigo y tortura es, en principio, lo mismo que maltratar a un recién nacido porque tanto física como intelectualmente todavía es inmaduro. ¿Qué padre o madre normal haría esto? Acusando a la Divinidad de tratar a los seres, que todavía muestran cierta inmadurez física e intelectual, con castigos y con terror se da una imagen muy desagradable del Padre eterno del que, por lo demás, se dice que es el origen del amor. La gran cantidad de personas que abandona las sociedades religiosas demuestra que esta acusación no puede ocultar el deseo de castigo o sed de venganza de este Padre, ni puede ser legalizada con esa aureola intelectual artificial e inventada que se expresa bajo el concepto de «indignación justa» o «ira santa». La duda debe, necesariamente, surgir allí donde la propia capacidad intelectual pone en evidencia que esa concepción de la divinidad carece de una base lógica y, como consecuencia de ello, se propaga una «nueva superstición»: la incredulidad. La incredulidad religiosa es, simplemente, la creencia de que no existe ningún Dios. Y con esta actitud, el ser solamente puede satisfacer su sed espiritual o intelectual por medio de la experiencia, es decir, por medio de la investigación. ____________ * Notas aclaratorias de la traductora: El ser atraviesa, a lo largo de su evolución, seis reinos o zonas de existencia: «el reino vegetal», «el reino animal», «el reino humano», «el reino de la sabiduría», «el mundo divino» y «el reino de la bienaventuranza». Con respecto a estos reinos, el hombre ha llegado a la culminación del reino animal y está acercándose a pasos agigantados al reino humano; todavía no es un hombre completo, pero tampoco es un animal en el sentido propio de este concepto. Se trata de un ser en transición de animal a hombre. Para una explicación más amplia consultar el libro n.º 1, «El destino de la humanidad». |
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Síntesis