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Índice de ¿Qué es la verdad?   

 

 
Capítulo 14
La necesidad de seguir el doloroso camino de la propia experiencia
Pero el camino de la investigación es el camino de los hechos, las realidades y las propias experiencias. Si no existiese un camino de este tipo, ¿cómo podrían «salvarse» estos seres? Su suerte definitiva sería la muerte o perdición eterna. Pero este camino existe; el hecho de que suponga una experiencia tanto desagradable como agradable es, naturalmente, obvio porque, en caso contrario, el conocimiento de lo agradable y lo desagradable, en su sentido absoluto, sería imposible. Y la posibilidad de poder experimentar tanto lo desagradable como lo agradable ¿no nos la proporciona, precisamente, la Providencia de una manera desmesurada a través de la danza macabra del juicio final bajo la forma de los campos de batalla de las guerras mundiales, de la persecución de la que los hombres de la Tierra hacen objeto a sus semejantes y a los seres de otras especies, y por medio del uso insensato e ingenuo que este hombre hace de sus divinas y geniales facultades de trabajar la materia tanto en el ámbito técnico como químico? ¿Puede, acaso, darse a los seres mayores posibilidades, mejores condiciones para poder experimentar, de un modo más rápido, el efecto de este o ese modo de actuar, de esta o esa concepción política u orientación intelectual, de este o ese modo de usar la materia, las sustancias; que esas posibilidades que hoy ofrecen las condiciones actuales de la humanidad de la Tierra? ¿No es cierto acaso que cuantos más conocimiento adquieren los seres sobre la materia, y cuanta más capacidad técnica y mecánica poseen, más aceleradamente crecen sus posibilidades de poder actuar de manera equivocada? Pero cuanto más rápidamente puedan actuar los seres de manera errónea, más rápidamente también descubrirán sus equivocaciones. El hecho de que las equivocaciones y sus efectos se acumulen, a un ritmo desconocido hasta ahora en la historia de la Tierra, y generen esa atmósfera conjunta que llamamos guerra, caos o decadencia moral, y el mundo, precisamente por ello, muestre una imagen siniestra tal como la que hoy viven las masas no iniciadas es, naturalmente, una consecuencia natural. También es un hecho el que los efectos de estas equivocaciones son sumamente profundos y se introducen por todas partes. Estos efectos, ¿no se infiltran acaso hasta lo más profundo de las entrañas del ser vivo? Los cuerpos, ¿no son acaso mutilados? Las familias y los linajes, ¿no son acaso dispersados? ¿No se pierde quizá aquellos a los que más se ama? ¿No se dinamitan miles de hogares? Los gángsteres, el robo y el asesinato, la violación, el saqueo, la inflación, el desempleo, la indigencia, la enfermedad y el hastío de vivir, ¿no son acaso una revelación práctica de lo que sucede cuando no se respetan las leyes humanitarias del amor?
      Esta revelación es, de este modo, la manifestación real de la sabiduría, o su nacimiento en la Tierra como «ciencia» irrefutable. Y cuanto más rápidamente se amontonan las consecuencias de las equivocaciones, tanto mayor es el estado de crisis mental y corporal. Y asimismo, cuanto mayor estado de crisis, tanto mayor es la búsqueda o sed de ese conocimiento con el que se puede combatir ese estado. Y como este estado de crisis se debe únicamente al desconocimiento del amor y a la correspondiente falta de respeto por el cumplimiento de sus leyes, es decir, de las leyes humanitarias, lo único que puede colmar esta sed es un conocimiento concreto y real del modo de cumplirlas. Pero este conocimiento es, precisamente, la máxima sabiduría o más alto conocimiento. Esto significa, dicho de otra manera, que el ser, por medio de las experiencias concretas del día del juicio final, se transforma de un ser que atacaba todas las soluciones altamente religiosas o cósmicas en un ser que ahora, con todas sus fuerzas, tiene hambre y sed de sabiduría. Y cuanto más avanzado se halla éste en el dominio de la experiencia del sufrimiento, más grande es esta sed. «El hijo pródigo» añora a su padre y desea simplemente ser uno de sus «jornaleros». Esto quiere decir que desea transformarse en un ser cuya vida cotidiana consiste en «hacer la voluntad de Dios».


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