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Capítulo 16
Falsos profetas, mesías o redentores del mundo
Con el descubrimiento de que el saber y el conocimiento material son totalmente insuficientes cuando se trata de la auténtica felicidad del ser, o de su total equilibrio espiritual, nace la necesidad de los factores con los cuales el ser puede adquirir esta felicidad o equilibrio.
Y lo único que puede ser material o alimento para esta necesidad, sed o hambre, es el propio análisis, claro y sin velos, de la misma verdad eterna, que es lo mismo que «el espíritu santo».
El ser, paulatinamente y a medida que ha vivido su parte de materialismo o experiencia de la oscuridad y del sufrimiento, ya no busca un «objeto de adoración»; ya no puede ser dirigido por los dogmas o afirmaciones de otro ser y, a causa de ello, le es imposible transformarse en «el adorador de un mesías».
Como una gran parte de la población de la Tierra se encuentra, precisamente, en este estadio de incredulidad y carece de la facultad de creer aunque tiene una facultad muy acentuada de comprender, facultad que se halla en crecimiento; es esta comprensión lo único que puede ser alimento o material para esta facultad, lo único que puede ser el objeto de su interés.
A causa de todo esto, es fácil comprender que todos los seres que hoy pretenden ser un «nuevo mesías» o se proclaman a sí mismos como Cristo, y directamente desean que la gente se arrodille y los adore, son objeto de una ilusión.
Esto no debe necesariamente significar que los seres en cuestión no tengan buena fe, al contrario; los estados de anormalidad que una ambición reprimida e insatisfecha puede producir en la esfera de pensamiento o psique del ser en cuestión no tienen límites.
También vemos que los seres de este tipo son generalmente muy imperfectos y, considerado desde un punto de vista cósmico, muy ingenuos.
A veces, se trata incluso de seres bastante inmorales que no han tenido capacidad o talento para encontrar algo que satisficiese totalmente su desmesurada ambición y su necesidad no natural de ser admirados, venerados y adorados en el ámbito puramente físico o material.
Es por ello que intentan con su – más o menos prominente – talento religioso alcanzar esa satisfacción de su ambición que se malogró o fracasó totalmente en otros campos.
Que estos seres no son «los redentores del mundo» y que lo único que desean es procurarse admiradores y partidarios, y que su propia y limitada persona sea venerada, se transforma en un hecho cuando se ve a estos «mesías» desencadenar intolerancia o directamente odio e ira contra quienes piensan de manera distinta.
En realidad, les es muy difícil tolerar progreso espiritual y afiliación cuando se trata de otros movimientos religiosos.
Pero, aparte de estas manifestaciones bastante comprometedoras para un «Mesías» o «Cristo», su proclamación como tales es, por sí misma, una prueba de que no lo son en absoluto.
Esta proclamación delata, de hecho, que carecen totalmente de conocimiento sobre la estructura especial de la misma redención del mundo y de su misión peculiar con respecto a la humanidad actual.
No conocen nada en absoluto sobre el proceso de adaptación progresiva por parte de la redención del mundo, ni sobre el despertar de que será objeto el hombre moderno del siglo XX y los siglos sucesivos, predispuesto para la ciencia del espíritu o la alta intelectualidad.
No saben nada sobre el psiquismo religioso de este ser, sobre el hecho de que ha perdido la facultad de creer, etc.
Copian y plagian al Mesías histórico o Cristo tan bien como pueden y creen poder alcanzar el mismo éxito espiritual que él.
Seducidos y engañados por su ambición desmesurada y su incapacidad espiritual, caminan, como el insensato, confiados por donde «los ángeles no se atreven a caminar».
Se imaginan a sí mismos siendo agasajados por muchedumbres de miles o millones de futuros adoradores a través de los siglos venideros; y nada menos que toda la humanidad de la Tierra estará, naturalmente, arrodillada ante el radiante «redentor del mundo» que, en su fantasía, creen ser.
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