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Índice de ¿Qué es la verdad?   

 

 
Capítulo 17
Porqué los profetas, mesías y cristos modernos que surgen no pueden tener éxito
Pero, ¿qué va a hacer una humanidad, que ha comenzado a entrar en una zona evolutiva en la que se sabe de memoria todas las respuestas a las preguntas sobre la existencia, proclamadas por los sabios y heredadas del pasado y los libros santos, con un «Mesías» o «Cristo» en el sentido antiguo, es decir, con un ser que repite de nuevo las simples soluciones a la vida sin ningún tipo de análisis o explicación científica que pueda ser alimento para la inteligencia o facultad de comprensión tan desarrollada actualmente? ¿Acaso el hombre oriental no ha oído a hombres santos, sacerdotes y sabios anunciar estas soluciones (es cierto que de manera más o menos simbólica) en conventos y templos? ¿Acaso no ha sucedido lo mismo en las naciones de occidente? ¿Acaso en estas naciones no han sido los seres amamantados – por decirlo de algún modo – durante siglos, con las respuestas a los problemas de la vida bajo la forma de evangelios y dogmas? ¿No se han oído y siguen oyéndose desde los púlpitos de miles de iglesias y sociedades religiosas las palabras: «Como el hombre cosecha así recogerá», – «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñan espada, a espada perecerán», – «No toméis la justicia por vuestra cuenta, queridos míos, dejad lugar a la cólera pues dice la Escritura: Mía es la venganza, yo daré el pago merecido, dice el Señor», – «Mayor felicidad hay en dar que en recibir», – «Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, toda tu alma y todas tus fuerzas»? ¿Pueden acaso decirse verdades más grandes o presentarse mayores conclusiones? ¿Y no hay, quizá, predicadores, sacerdotes y sumos sacerdotes suficientes para predicarlas? Estas palabras, ¿no están acaso impresas en los hombres de occidente desde el momento en que, por decirlo de algún modo, abandonan la cuna y por primera vez deben comenzar a comprender? ¿No las ha oído todo el mundo por medio de las palabras de los padres, la enseñanza escolar, la catequesis y los oficios religiosos; y no han sido avivadas por medio de los sacramentos, especialmente el bautismo y la comunión? ¿No sucede que una gran cantidad de personas está saciada hasta la trivialidad o asqueada de estas afirmaciones? ¿Acaso no se está comenzado a sacar la enseñanza religiosa de los programas escolares? ¿Y acaso no va en aumento el número de bancos vacíos durante los oficios religiosos o cuando estas grandes respuestas son predicadas?
      ¿Qué va a hacer con unas respuestas tales una humanidad que está harta de un «mesías» que solamente plagia o repite las simples respuestas a las preguntas trascendentes, y deja que simplemente sigan siendo dogmas? ¿Qué diferencia hay entre este mesías y todos los otros repetidores de estas respuestas, todos los sacerdotes y predicadores? ¿Cómo puede este repetidor de los dogmas encontrar millones de seguidores entre seres que de antemano están hartos de estas respuestas o dogmas hasta el punto de que les dan asco? Un «mesías» que no conoce el análisis científico o cósmico de los dogmas o las más altas respuestas sobre la vida con una amplitud tal que pueda explicarlos de modo científico, de modo que puedan ser aceptados por la inteligencia, no puede estar ligado a las respuestas eternas más que por la fe. Él mismo aún no se ha distanciado de la creencia, aún no ha avanzado tanto en la evolución ni se ha alejado de la simplicidad hasta el punto de exigir comprensión. Pero de este modo, un tal «mesías» revela que, en realidad, sólo es un creyente que sigue a ese Cristo o Mesías por el que él se hace pasar. Pero como él es un creyente que sigue al auténtico Cristo o Mesías, se encuentra en el mismo estadio evolutivo que los otros hombres religiosos creyentes.
      Este ser aún no ha atravesado el ciclo completo de la fe, aún no ha sido saciado por ella y, consecuentemente, debe encontrarse a la zaga con respecto a los seres que, en el mismo ciclo, ya han superado la facultad de creer y solamente pueden adquirir alimento espiritual por medio de la inteligencia, gracias a su facultad o talento intelectual; aunque actualmente estos seres sean más o menos materialistas ya que aún no han encontrado el alimento espiritual que pueda satisfacer de modo suficiente lo que su inteligencia y su sentimiento exigen. Aunque este «mesías», producto de la fantasía, en realidad es sólo un ser religioso que cree, se aleja sin embargo mucho del ser religioso creyente a causa de su pretenciosa idea de ser Cristo. Este ser no es un creyente normal y sano. En realidad, ¿no es, acaso, fácil ver que sufre de represión, de ambición insatisfecha y de una necesidad enfermiza de representar papeles, de recibir honores, de ser admirado e incluso directamente adorado?
      No se necesita ningún talento especial para ver que un culto propio tan dominador solamente puede ser desencadenado por una imaginación que de un modo muy sospechoso trae a la memoria los proyectos fantasiosos, las historias fantásticas y las hazañas de los héroes con los que un tipo de psicópatas se adornan. Y la última fase de estos sueños anormales y enfermizos suele terminar en un hospital.


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