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Capítulo 29
La ciencia del amor al prójimo
Mientras la receptividad por parte de los hombres, con respecto a las anteriores activaciones de la redención del mundo, estaba constituida por una necesidad muy fuerte de una persona, con una autoridad y potestad tan grandes, a la que con toda confianza pudiesen entregarse y de este modo pudiesen corregir su propia inmadurez espiritual; en cambio, y tal como ya se ha citado, la receptividad con respecto a los impulsos de la redención del mundo actual se desencadena solamente como una ansia muy fuerte de «instrucción cósmica» o de total conocimiento espiritual.
De hecho, los hombres actuales son, de un modo muy acentuado y más que nunca, investigadores.
Primero trabajan con todos los fenómenos materiales y, tras haber creado grandes resultados o haber llegado a conclusiones imponentes en el ámbito material, se fatigan con tanto conocimiento material.
A pesar de que estos resultados les han ocasionado un beneficio indecible, el mal que les han causado es todavía más grande.
Estas conclusiones los han conducido directamente a la culminación del juicio final y han transformado al hijo de Dios en un genio de muerte y mutilación.
Y por medio del despliegue de esta genialidad, el hijo de Dios ha comprendido que nunca será feliz por medio de esta actuación.
La gran cantidad de horrores, mutilaciones, dolores y enfermedades que las tinieblas originan se han transformado en fenómenos que inevitablemente han tenido que engendrar en él el deseo absoluto de una sola cosa, a saber, la paz, que a su vez es lo mismo que la felicidad o dicha.
Pero en el momento en que la paz se transforma en la necesidad más importante de la mentalidad del individuo, cualquier hecho que pueda estimular, fomentar o desarrollar el nacimiento de una verdadera paz, será causa de una gran alegría y estimulará y vivificará a este ser sediento.
¿Y qué hecho puede estar más a favor de la paz, y de este modo ser más satisfactorio para el ser con sed espiritual o intelectual, que precisamente «la ciencia de la paz»?
Pero como toda paz absoluta solamente puede basarse en el amor al prójimo, «la ciencia de la paz» no puede existir sin ser lo mismo que «ciencia del amor al prójimo».
Y es precisamente esta ciencia, que se manifiesta bajo la forma de «análisis cósmicos» o series de ideas lógicas, coherentes y perceptibles para la inteligencia, a la que hoy se tiene acceso por medio de la redención de la humanidad.
«La ciencia del amor al prójimo» o «el intercesor, el espíritu santo» se manifestará, pues, a la humanidad a través de la redención del mundo de hoy, por medio de palabras y frases.
Estas palabras y frases pueden, naturalmente, ser leídas por todo aquel que ha aprendido a leer, pero «el espíritu divino» de esas palabras y frases, los auténticos análisis de la vida, no se adquieren con esta lectura si en el ser no ha tenido lugar una evolución que le dé acceso a este espíritu.
«El Espíritu divino», o esa verdad que se halla en las citadas palabras y frases, alcanza al ser solamente en el grado en que, de manera práctica, pueda vivir esta verdad en su vida cotidiana y en su relación con sus semejantes.
Sin esta vivencia, la citada ciencia no se transformará ni en ciencia ni en verdad para ningún lector.
Estas palabras y frases, en vez de ser «el Espíritu divino» y la luz eterna, serán para el lector inmaduro solamente algo que él calificará de superstición, ingenuidad, fantasía o alucinación.
Este lector criticará estas palabras y estas frases, criticará sus construcciones y posibles divergencias estilísticas de las tradicionales o modernas formas de ortografía, y en el peor de los casos sentirá antipatía y hostiles deseos de perseguir estos análisis y de este modo, además, levantará una barrera que dificultará su propio encuentro con la luz.
Pero naturalmente, esto no impide que, sin embargo, «el Espíritu divino» de estas palabras y frases reluzca y lleve la luz a una gran cantidad de seres que han alcanzado la facultad de «ver» y «oír».
Y gracias a este encuentro, en su propio interior, con los ideales del «Espíritu divino» y a su práctica de éstos con su modo de ser y en la vida cotidiana, el ser un día, cuando haya alcanzado la madurez suficiente, experimentará «la venida de Cristo» por última vez.
Esta vez no se tratará de un «cristo» o «rey» del mundo exterior.
Tampoco se manifestará como una «ciencia cósmica» o análisis de la verdad en el mundo exterior, sino que se mostrará exclusivamente como «su propio yo bajo su forma de manifestación más elevada».
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Síntesis