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| "La función de la subconciencia". "El elemento de destino" y "los núcleos de talentos". "La supraconciencia". "Involución" y "evolución" |
326. ¿Qué es entonces "la sustancia"?
¿Y qué es lo que hace "viva" a la sustancia?
Como ya hemos mencionado en "Livets Bog", toda sustancia se puede hacer remontar a las seis energías básicas: instinto, peso, sentimiento, inteligencia, intuición y recuerdo.
Estas grandes energías fundamentales existen constituyendo fuentes de fuerza para el yo, que existe en cada ser vivo.
Estas energías están tan estrechamente vinculadas al yo, que éste sólo necesita desearlo, y las energías se ponen inmediatamente a vibrar, sí, incluso el más microscópico y modesto apetito hace que estas energías entren a formar parte de diversas combinaciones relacionadas entre sí.
Como he dicho anteriormente, el yo se encuentra en "el trono divino", totalmente por encima de todas las energías.
Estas están como fuerzas servidoras debajo de él, destinadas a ser usadas en cualquier momento que le vaya bien al ser profundo del yo.
Como en este "trono" el yo está, por consiguiente, fuera de sus seis cuerpos y sólo está vinculado al principio "X2", la única forma de manifestación que puede desencadenar aquí es la de "atracción" y "repulsión".
La vivencia de esta función la percibe el yo como las primeras incipientes formas de simpatía y antipatía.
Pero esta percepción aún no tiene una forma detallada.
Todavía es una función no consciente, mantenida únicamente en virtud de un órgano en "X2" al que he dado el nombre de "elemento de destino".
Una explicación más detallada de este órgano tendrá lugar posteriormente en "Livets Bog" en un análisis especial de "X2". Pero aquí quiero, sin embargo, mencionar que "el elemento de destino" es un órgano que constituye el lugar en que se guardan las facultades, disposiciones o talentos del ser en cuestión. Cada tendencia, cada cualidad del carácter, cada virtud o vicio está enraizado en este órgano. Estos matices de conciencia, virtudes o vicios se desarrollan por medio de la repetición por parte del individuo de tipos especiales y determinados de manifestaciones, cada una de las cuales se transforma, por medio de esta repetición, en un hábito de la conciencia que, a su vez, es lo mismo que una función autónoma. Esto quiere, en realidad, decir que con las muchas repeticiones se ha desarrollado un pequeño órgano que tiene la propiedad de poder atraer y repeler las sustancias o materias necesarias para el tipo de manifestación en cuestión. Esta función es, por lo demás, estimulada por el cerebro, lo cual exige que el individuo tenga conciencia diurna de los detalles de la constelación o composición de las materias. Pero a medida que las repeticiones avanzan, y el pequeño órgano anteriormente nombrado se desarrolla cada vez más, este órgano está en condiciones de poder estimular las constelaciones de las materias o sustancias en la manifestación en cuestión, de modo que el cerebro es descargado de esta función que, entonces, abandona la conciencia diurna del individuo transformándose en una función, que finalmente es tan independiente, que tiene lugar lo quiera o no el individuo. A una función así la llamamos una "función de la subconciencia". El ser vivo tiene muchas funciones de este tipo. A ellas pertenecen las funciones que realiza el corazón, que realizan las glándulas y la digestión, sí, incluso la creación de los cuerpos físicos y espirituales del individuo, además de lo manifestado por medio de ellos, las virtudes o vicios, las cualidades de un carácter, las disposiciones y talentos normales, o absolutamente todo lo que tiene lugar en el ser vivo fuera de su conciencia cerebral despierta o conciencia diurna y que se manifiesta a través de sus cuerpos. Al pequeño órgano que así, independientemente, puede estimular una función y, de este modo, liberar al cerebro o a la conciencia diurna de que intervenga en dicha función lo he llamado "núcleo de talentos". Tales "núcleos de talentos" no pueden residir en el cuerpo físico, ni siquiera pueden residir en los cuerpos metafísicos o espirituales, ya que éstos también son un resultado de "los núcleos de talentos", un resultado de hábitos de la conciencia. Y es precisamente en virtud de esto, que se puede demostrar la inmortalidad como un verdadero hecho científico, dado que constatando que la creación de los cuerpos es un resultado de hábitos de la conciencia que se han cultivado con anterioridad, y que estos hábitos de la conciencia sólo han podido llegar a existir a través de una existencia física previa, por medio de esto se convierte en un hecho que el individuo ha vivido en un cuerpo físico anterior, ha tenido una existencia física anterior que, a su vez, se ha basado en una existencia previa anterior, y así sucesivamente. "El elemento de destino" en cuestión con su correspondiente "núcleo de talentos", en el que se enraízan los cuerpos, no existe por lo tanto en estos mismos cuerpos, sino que aparece como detalles de la realidad que conocemos como "X2". Como esta "X", en contacto con "X1", contiene el mando supremo de toda creación o es su fundamento, contiene el mando supremo de todo matiz de conciencia, de toda expresión que pueda mostrarse en la manifestación del ser vivo, en "Livets Bog" a partir de ahora a estas dos "X" les daremos el nombre de supraconciencia. La función que realiza esta supraconciencia tiene su origen en "el elemento de destino" y no existe como conciencia diurna clara. Existe, en cambio, como una función automática no consciente en absoluto. Obedece las leyes eternas en las que se basa "el principio de la espiral" de la evolución. "El elemento de destino" es construido por la séptima energía básica, la energía materna. Como "la supraconciencia" constituye la combinación de todas las funciones que realizan las facultades del individuo que, a su vez, son la base de su aparición con unos cuerpos, tanto de materia física como espiritual, su manifestación conjunta no puede evitar estar influida por estas leyes. Esta influencia la conocemos en la vida cotidiana como idéntica al estadio evolutivo del individuo. Las leyes eternas hacen, precisamente, que la manifestación o aparición en la existencia del individuo tenga lugar con un ritmo que continúa eternamente yendo de la culminación de un estado latente a la culminación de un estado de despliegue, para después moverse otra vez en dirección a una nueva culminación del estado latente y una nueva culminación del despliegue. La manifestación o revelación del ser vivo tiene lugar como un aumento y una disminución del crecimiento. Estas dos formas de despliegue constituyen aquello a lo que llamamos "evolución" e "involución" respectivamente. |
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