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Los climas de pensamientos del ser vivo y las fuerzas de la naturaleza  472. A través de todo ser vivo fluyen, por consiguiente, en este momento, en forma de su manifestación o aparición mental, cósmica, bien "frío invernal", "viento primaveral", "sol veraniego" o "niebla y humedad otoñales". Nuestros pensamientos en este momento, lo que le decimos a nuestro prójimo o pensamos de él, o lo que pensamos de nosotros mismos, o la manera en que actuamos con respecto a nosotros están "marcados" cósmicamente por "las estaciones del año". Nuestro despliegue puede consistir en fuerzas indómitas de la naturaleza que desgarran y descuartizan todo y a todos a nuestro alrededor, del mismo modo que nuestra irradiación también puede ser de una naturaleza que lo solidifica y congela todo convirtiéndolo en hielo. Y podemos ser una fuente de luz y calor cordial que crea las maravillosas y suaves brisas y el cálido sol de los días de verano para todo aquello que se encuentra en el radio de nuestro despliegue. Y nuestra naturaleza puede ser una expresión descolorida y débil de grandeza decreciente y de fuerza y poderío pasados. La Divinidad es, claro está, el sol verdadero de nuestro interior. A través de nuestro "cuerpo eterno" y "supraconciencia", esparce su esplendor sobre la oscuridad de nuestra subconciencia y surge día y noche en nuestro interior. Y la interacción entre luz y oscuridad que llamamos "vida" arde, brilla y reluce a través nuestro y desde nosotros en el interior de lo que nos rodea, en el interior de la existencia de otros seres. Nuestro ser se convierte en uno con las fuerzas de la naturaleza. A veces somos el viento helado de las cumbres. Somos las furiosas tormentas de nieve en las estepas. Somos la muerte blanca en los polos. Toda vida tiene que protegerse contra nosotros con pieles y manoplas, con lana y piel, con fuego y estufas.
      Otras veces somos la incipiente primavera. De nuestro interior surge una furiosa energía soplando y llena de ganas de vivir. Es el viento de la primavera que hace que el hielo se derrita, que el alud se deslice, que los ríos se desborden. Todo tiene que retroceder ante la impetuosa primavera de nuestro interior, pero a su paso deja la vida naciente, la anémona incipiente o la campanilla blanca.
      A veces somos el resplandeciente sol de verano y el chubasco fecundador. En nuestra conducta hormiguea la corriente de la vida una y mil veces. Nuestro manto es la riqueza de colores de la deslumbrante profusión de flores. En nuestra atmósfera se perciben rosas, retama y lilas. Por nuestro camino a través de planetas y mundos perfeccionamos la vida en dirección al Padre eterno. La oscuridad tiene que retroceder ante nuestra luz celestial.
      En otras ocasiones somos el descolorido otoño. Nuestro rostro son los bosques marchitos, el follaje seco y los campos amarillos tras la siega. En nuestras praderas desnudas sólo puede encontrarse escaso alimento. Pero sobre nuestra vida agonizante, sobre nuestro esplendor decreciente centellean y brillan como una promesa las claras estrellas de la noche otoñal.


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