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Jesús conoce la reencarnación, o renacimiento, pero sabe que no todos la pueden comprender   867. ¿Y cuál era, entonces, esta predicación tan elevada de Jesús? Que no era "el perdón de los pecados" se desprende con una claridad al cien por cien de su relación con sus discípulos, de su sermón de la montaña y otras alocuciones a la gente. Aquí no usó la fórmula "Tus pecados te son perdonados". Esta fórmula era sólo un medio con el que podía ayudar a los que iban a él como hombres desdichados y no intelectuales, pero con la facultad de "creer". Pero aquella vez, igual que hoy, esta fórmula era totalmente inservible con respecto a hombres que no pueden "creer", pero tienen la facultad de "comprender" y, por consiguiente, exigen conocimiento. Y, en este caso, vemos también que la mayor parte de los actos de Jesús no consistían en dispensar "el perdón de los pecados", sino al contrario en explicar o esclarecer la suprema sabiduría en forma de grandes advertencias contra una conducta errónea o realidades portadoras de sufrimiento para, por medio de ello, prepararlos para "heredar la vida eterna". Que sus declaraciones sobre esta "vida eterna" son muy cautelosas, sin detalles y remiten al futuro y al "Consolador, el Espíritu Santo" muestra que esto era el máximo de lo que en el pasado se podía contar a los que estaban hambrientos intelectualmente. Pero que, no obstante esto, conocía bien los detalles especiales de esta "vida eterna", y que ésta, por lo que respecta al hombre terreno, sólo es sinónimo de reencarnación o renacimiento se desprende, claro está, claramente de su explicación a Nicodemo, pero todavía más directamente de sus declaraciones sobre san Juan Bautista donde dice: "Y si queréis admitirlo, él mismo es aquel Elías que debía venir. El que tenga oídos para oír, óigalo". ¿No se ve, acaso, aquí claro que se encontraba en un campo que no estaba seguro que pudieran comprender y, en consecuencia, "acoger"? En todo caso se daba cuenta de que el tema no era para todos, sino sólo para "el que tenga oídos para oír", lo cual quiere decir: el que tiene una disposición intelectual tan desarrollada que, en virtud de ella, puede comprenderlo. ¿No es acaso esto lo que dejó vislumbrar ante Nicodemo cuando le dijo que no tenía que asombrarse y lo remitió al viento que nadie sabe de dónde viene, etc.? Sabía que la capacidad de comprensión de Nicodemo aquí había soportado la más dura prueba o carga. Que hable muy moderadamente sobre esta "vida eterna" no puede, por consiguiente, sorprender. ¿Acaso hoy, diecinueve siglos más tarde, no hay también que hablar con precaución de este tema ante los representantes del conocimiento autorizado? ¿No consideran muchos de estos seres la idea de la reencarnación como demente o insensata?


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