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Por qué el redentor del mundo remite al "fuego del infierno"   919. A medida que nuestra área de verdadero conocimiento real sobre nuestro yo va creciendo, adquirimos también, de manera correspondiente, un campo de conocimiento cada vez mayor, a partir del cual podemos juzgar lo que se encuentra fuera de dicho campo. Nos convertimos, claro está, en autoridades para juzgar en otros o fuera de nuestro campo las tendencias y propiedades que se han transformado en hechos en nuestro interior. Sí, cuanto más conocemos sobre una determinada cualidad de la conciencia, por ejemplo amor, mejor podemos juzgar la misma propiedad cuando la encontramos fuera de nuestro propio yo como manifestación de la vida de otros seres o de la naturaleza. Las propiedades que no tenemos en nuestro propio ente o que de ningún modo conocemos, tampoco podemos naturalmente juzgarlas o comprenderlas inmediatamente cuando las encontramos en otros. Y este fenómeno es la raíz más profunda de todas las desgracias o del presunto "mal" en el mundo. Esta raíz es, como hemos visto, "minoría de edad" o ignorancia que, a su vez, es lo mismo que el estado inacabado del ser en el gran proceso creador. Pero, al igual que con toda minoría de edad, la "minoría de edad" cósmica del ser sólo puede eliminarse con crecimiento. Y el crecimiento sólo puede manifestarse a través de alimento. Y el alimento de "la minoría de edad" cósmica del ser es sólo y únicamente experiencias propias y la ubicación de éstas en el lugar adecuado y su utilización por medio de orientación o instrucción. Y como la vida misma del hombre terreno en una medida tan grande constituye, precisamente, la manifestación de este "alimento" de esta "minoría de edad" cósmica, es evidente aquí por qué Cristo remite al "fuego del infierno" a todos aquellos que no pueden comprenderlo, y por lo tanto van en contra de su misión, sus ideales y prescripciones. Dicho infierno es nada menos que la experiencia que los seres hacen personalmente de los efectos desagradables de la imperfección de sus propios actos o estado contrario a la ley con respecto a la ley de amor al prójimo. "El fuego del infierno" es, así pues, ni más ni menos que las experiencias vividas por el ser que no se le pueden dar de ninguna otra manera, por ejemplo con orientación o enseñanza.
      Para poder recibir orientación o enseñanza hay que tener una cierta cantidad de material adquirido por experiencia propia que pueda dar lugar en la conciencia a un "por qué". Ya que sin estar, precisamente, animado por este "por qué" no se tiene hambre de una explicación o solución de la pregunta en la situación dada. Y en una situación en que no se tienen experiencias y, simultáneamente no se siente este "por qué", uno no conoce su ignorancia, sino que cree precisamente sobre sí mismo que es una capacidad suficiente en el campo correspondiente, y a veces enseña con un celo ciego sus conclusiones erróneas surgidas de ella, sin tener la más mínima idea de la ingenuidad e ignorancia que, de este modo, muestra frente a los seres que hace tiempo, por medio de su propia experiencia, han pasado el campo de experiencias o zona del tema en cuestión. A los seres así, que actúan con conocimientos y capacidad imaginarios, se les llama en la vida cotidiana "querellantes". Son intolerantes y condenan las opiniones de todo el mundo y hablan de sus propias perfecciones imaginarias a derecha e izquierda y confirman, con ello, frente al ser verdaderamente sabio o con verdadero conocimiento, que no son en absoluto receptivos a la enseñanza u orientación teórica en este campo. Y el sabio o la persona con verdadera capacidad, ¿puede hacer otra cosa que remitir a un ser así al "fuego del infierno" es decir: a lo que la vida le enseña o comunica por medio de su propia creación de destino?
      Cuando el redentor del mundo remite al ser no receptivo para la enseñanza y orientación teórica al "fuego del infierno", no es en absoluto, como aquí hemos visto, por un sentimiento de venganza hacia el querellante, sino partiendo del hecho de que no existe otro camino. El querellante, por medio del lenguaje de la vida misma, por medio de sus propias experiencias experimentará su incapacidad espiritual y el consiguiente desvalimiento en el campo en cuestión. Y esta experiencia engendrará, a su vez, en este ser "el por qué" modesto o humilde, que es absolutamente necesario para que el vidente, el sabio o el redentor del mundo le pueda dar la instrucción teórica o pueda ayudarlo.


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