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Por qué el análisis del "algo divino" o yo es difícil de comprender, aunque es el más sencillo que existe   957. La misma situación desgraciada se impone cuando el lector o investigador es confrontado por primera vez con el análisis del yo. Claro está, la actitud del pensamiento del lector es, ante cada problema, cada investigación de una cosa, un pesar y medir y la consiguiente espera de resultados de pesos y medidas u otras expresiones del grado de limitación o sujeción a un lugar. Y el investigador también está animado por esta actitud de millones de años, y que se manifiesta como una función automática, cuando por medio de la investigación del espíritu se topa por primera vez con el yo o "el algo divino" y fracasa. Porque aquí se encuentra por primera vez frente a algo que difiere de todo lo otro por el hecho de no tener peso ni medidas o no estar de ningún modo "atado a un lugar" y, por consiguiente, presentándose con el análisis único de "algo que es". Como aquí no puede obtener ningún peso ni ninguna medida en absoluto, es como si no pudiera atrapar a este "algo". Todas sus esperanzas con respecto a los resultados de los pesos y las medidas no pueden satisfacerse. Y este "algo divino que es" o yo, cuyo análisis es, en sí mismo, el más sencillo y fácil que, en resumidas cuentas, existe, porque nada puede ser más sencillo en su análisis que ser solamente "algo que es" y simultáneamente estar totalmente desprovisto de cualquier otro análisis, se percibe a veces por el investigador principiante como lo más difícil de concebir y lo más incomprensible que jamás ha encontrado. ¿Qué es, así pues, lo que hace este análisis difícil? Sí, un análisis sólo puede ser difícil cuando expresa una riqueza de complejos detalles. Pero como el lector mismo puede ver aquí, el análisis del yo es, precisamente, tan pobre en detalles y tan sencillo como, en resumidas cuentas, puede ser un análisis de una cosa que verdaderamente existe. Es más, es incluso tan sencillo que ninguna otra cosa puede existir con un análisis de una sencillez parecida. Cualquier otra cosa no sólo existe, sino que también expresa grados de energía que se muestran en peso, medidas, volumen, color, etc., y aparece así con una profusión de fenómenos, que reaccionan al entrar en contacto con unos sentidos, especialmente adecuados para ello, de que está provisto el investigador, y por medio de cuyas reacciones la cosa se puede percibir de una manera tangible con los sentidos. Pero como el yo está en sí mismo totalmente desprovisto de estos fenómenos, no puede dar directamente lugar a ninguna reacción en los sentidos del investigador y, en relación con todas las otras cosas, es, de este modo, "inmaterial". Y acostumbrarse a esta "inmaterialidad" se percibe como difícil. Tener que aceptar la existencia de una cosa que sólo tiene esta existencia exclusivamente para ser analizada, pero carece totalmente de todo aquello por medio de lo que, de otro modo, se caracteriza la existencia de una cosa, tal como: energía expresada en medidas, peso, cabida, volumen, color etc., es ir contra tradiciones de percepción milenarias. El individuo está aquí, por primera vez, con sus sentidos dirigidos hacia "algo" que no puede reaccionar al entrar en contacto con los sentidos. Ha dirigido sus ojos hacia "algo" que no puede verse. Ha dirigido sus oídos hacia "algo" que no puede oírse. Ha dirigido su tacto hacia "algo" que no puede tocarse, etc., y revela, con ello, que la situación es que no ha encontrado y no puede encontrar satisfacción por medio de las reacciones sensoriales corrientes. A través de cientos de miles de años y múltiples vidas terrenas, el individuo ha encontrado o experimentado, por medio de sus sentidos, millones y millones de reacciones sensoriales (experiencias e impresiones), ha obtenido análisis de cosas y medios, pero la vida en sí o "lo vivo" en él mismo sigue siendo, a pesar de estos millones de experiencias y los miles de años en compañía de la naturaleza, su entorno y sus semejantes una pregunta sin respuesta, un misterio. Y ahora el individuo comienza a presentir que estas muchas vidas terrenas y las múltiples reacciones sensoriales apuntan hacia algo distinto a resultados de pesos y medidas, y que el hambre de la solución del misterio de la vida sólo puede satisfacerse con el encuentro con este algo. Este algo no puede ser reacciones sensoriales, energías y movimientos, porque, en este caso, el individuo no se habría acercado un solo paso al problema. Y su pregunta: ¿Qué es la vida? Sigue sin respuesta. Y es la insuficiencia de esta reacción de los sentidos, o de la experiencia común en relación con la respuesta a la pregunta, la que inevitablemente conduce al investigador hacia la existencia del "algo inmaterial" y no obtiene satisfacción hasta que sensorialmente está totalmente en contacto con dicho "algo". Por consiguiente, esto quiere decir, a su vez, que ninguna investigación del misterio de la vida puede ser totalmente solucionada o satisfecha antes de que el investigador se haya acostumbrado a la existencia del "algo divino" tras la cosa. Este "algo" es, así pues, en realidad el objetivo desconocido e invisible del investigador. Llegar a este objetivo es una condición imprescindible para alcanzar la revelación del misterio de la vida, y para que el individuo experimente su propia identidad suprema como hijo inmortal de Dios y perciba que es "uno con Dios". Y como este objetivo sólo puede alcanzarse por medio del conocimiento de la existencia del "algo divino" tras las experiencias, no podemos, así pues, ignorar su existencia, aunque sea "inmaterial" en relación con la materia y las cosas producidas por ella. Mientras se niegue la existencia de este "algo", la solución del misterio de la vida seguirá siendo imposible, y el ser no se percibirá como "uno con la Divinidad inmortal", sino que se percibirá, en muy alto grado, como "uno con la materia, la aniquilación o la muerte", como se ve, una filosofía de la vida que no puede satisfacer en absoluto como resultado final o meta del ser vivo. No hay otra salida, por "inmaterial" que nos parezca "el algo divino" no se puede evitar. Pero es cierto, como ya hemos dicho, que el análisis de este "algo" es demasiado sencillo para comprenderlo por medio de una actitud que se basa en pesar y medir. Y esta sobreabundancia de la cualidad de pesar y medir en la aceptación o conocimiento de la existencia del "algo inmaterial" en sí es lo que confunde al investigador. Está acostumbrado a preguntar: qué mide esto o aquello, qué longitud de onda, qué color, qué velocidad o qué estadio evolutivo, etc. representa esto. Y, de acuerdo con esta conciencia habitual o actitud usual, sus preguntas se formulan aquí de la misma manera, a pesar de que, en realidad, no son los mismos resultados los que busca. Porque si obtiene resultados de pesos y medidas, grados de color y velocidad, etc., es verdad que habría obtenido una respuesta, que incluso parece muy "científica", pero esta respuesta no sería ninguna solución a la pregunta que lo ocupa totalmente. Sólo habría añadido nuevos resultados materiales a los otros millones de resultados que, de antemano, tenía. Y, como en principio, sólo cuentan o expresan exactamente lo mismo que éstos, la pregunta "vida" seguirá siendo un enigma no solucionado.


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