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"Adán" y "Eva" (el hombre y la mujer terrenos) ya no son lo que han sido antes. "La muerte" ha alcanzado a quienes comieron del "árbol de la ciencia"  1231. "Adán" y "Eva" (el hombre terreno) ya no son, así pues, lo que han sido antes. Tienen, ciertamente, una estructura corporal exterior que todavía permite que cada uno de ellos se muestre de manera aparente como un "ser especialmente masculino" y un "ser especialmente femenino" respectivamente, pero por lo que respecta a su mentalidad y el modo en que en su interior el uno ve al otro están totalmente transformados. "Adán" ya no tiene el modo de ver al "ser femenino" del "ser masculino" perfecto, y "Eva" ya no tiene el modo de ver al "ser masculino" del "ser especialmente femenino". Por esto, el uno para el otro ya no es el objeto inconmovible, vital de simpatía o amor mutuo que antes ha sido. Ya no es ninguna necesidad absoluta, lo cual se convierte en un hecho a través de la gran desconsideración y descuido mutuo que muestran tanto dentro como fuera del matrimonio, y por lo cual éste, en realidad, ya no es, naturalmente, ningún matrimonio perfecto. Sólo es, al contrario, un disfraz externo, más o menos malo, un disfraz que muy frecuentemente sólo puede mantenerse en virtud de un "certificado de matrimonio" o leyes jurídicas redactadas y el temor a desviarse de las tradiciones matrimoniales oficiales o formas autorizadas de usos y costumbres del grupo, del temor al escándalo. Que un matrimonio así es imposible que una a las partes en "una carne", sino que, al contrario, los convierte en dos frentes contrarios, en una especie de escenario de guerra, es naturalmente obvio. Y es esta creciente incapacidad matrimonial la que provoca los estados matrimoniales ya nombrados: los matrimonios de harén y los muchos divorcios y nuevos matrimonios de divorciados en occidente, la prostitución y la rufianería o tráfico con prostitución. Y finalmente, los seres de sexo contrario, que, claro está, anteriormente eran un santuario, como quien dice, no significan nada. De hecho, en este estadio despiertan incluso en seres más primitivos y rudos antipatía o asco, debido a lo cual entre otras cosas ha surgido el concepto "misógino" o uno que tiene aversión a las mujeres. La antipatía hacia el sexo contrario también se deja, naturalmente, sentir en este estadio, en la mujer primitiva y poco sensible, aunque quizá no se muestre de una manera visible en el mismo grado que en el hombre. Y así tenemos ante nosotros a un "hombre" que no es ningún "ser masculino" perfecto y a una "mujer" que no es ningún "ser femenino" perfecto. Un "hombre" que no se siente atraído por una mujer, que, de hecho, incluso en el peor de los casos siente directamente aversión o antipatía permanente hacia ella, no puede ser un "ser" verdaderamente "masculino". Es cierto que por su apariencia corporal, orgánica, exterior es un "hombre". Pero un "hombre" que no tiene necesidad del sexo contrario, que no tiene necesidad orgánica de una "mujer" revela, claro está, que no posee ninguna mentalidad "masculina". Su ser "masculino" carece de alma y espíritu. Lo único "masculino" en este ser que tenemos ante nosotros es, de este modo, su cuerpo físico. Pero, como esta parte "masculina" de este cuerpo no tiene ni "alma" ni "espíritu", está totalmente "muerto" frente a la mujer, dicha parte de dicho cuerpo sólo es, claro está, exclusivamente un "cadáver". "La muerte" ha tocado al "ser masculino" perfecto. Estamos ante "el cadáver de Adán".
      Que una "mujer", que así mismo carece totalmente de interés por el ser masculino y no tiene ninguna facultad de reaccionar ante él, a pesar de que su organismo físico exterior es un cuerpo de mujer, también representa únicamente un ser "femenino" que está "muerto" es, naturalmente, obvio. Aquí nos encontramos ante "el cadáver de Eva". La voluntad de Dios se ha cumplido así totalmente. "El linaje de la mujer ha quebrado la cabeza de la serpiente". "La muerte" ha atrapado a quienes comieron del "árbol de la ciencia".


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