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El uso de la ley de la selva por los hombres es un crimen  1865. Bien es verdad que, como ya hemos dicho, el uso de la ley animal de la selva es una protección, una especie de acto de misericordia del animal no intelectual, que sólo de esta manera puede ayudar a sus camaradas o seres semejantes enfermos, pero el hombre no es ningún animal en su forma más pura. No le faltan capacidades intelectuales. No está tan falto de recursos o no es tan primitivo que no tenga otras fuentes de ayuda, con las que pueda en un grado más elevado practicar misericordia hacia los seres que divergen de la mayoría. Por esto, el uso de la ley animal de la selva en la zona de los hombres no será natural bajo ninguna forma, sino, al contrario, será más o menos una infracción del quinto mandamiento: «No matarás» o ley del amor al prójimo. Lo que para el animal es el cumplimiento de la ley del amor al prójimo es, por lo tanto, una infracción de la misma ley, cuando se trata del hombre. El animal no puede ayudar ni remediar la invalidez de los camaradas o semejantes de otro modo que, precisamente, ayudándolos a morir. Pero el hombre tiene una capacidad, por lo demás excelente, de poder ayudar a sus semejantes con una acentuada invalidez. Puede, en mayor o menor grado, comprender la naturaleza de la invalidez y después ayudar a mitigar sus peores limitaciones o molestias. Cuando, por consiguiente, el hombre no busca comprender a sus semejantes enfermos y ayudarlos con la mayor cordura de su inteligencia, sino que ciegamente los entrega a todo tipo de sufrimientos, a la antipatía, murmuración y persecución de la mayoría actúa contra las leyes de la naturaleza. Su conducta es peor que la de los animales. Esta actuación psíquica primitiva se puede calificar justamente de «inhumana». Este lado primitivo de la psique del hombre terreno anima de manera especial el mal olor cenagoso y las apestosas formaciones de niebla de las habladurías.


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