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Capítulo 9
El mundo físico y el mundo espiritual
Todo tipo de experiencia es idéntico a la reacción de una interacción entre dos formas de energía; a saber, la energía del propio ser en cuestión y la energía de su ambiente. Energía, en su sentido absoluto, es lo mismo que materia o sustancia, por ello todas las experiencias posibles se basan en realidad en la materia y son, de este modo, materiales. El hecho de que no sea frecuente interpretar esto de este modo se debe a la circunstancia de que la materia se muestra con diversos grados de densidad y con diversas propiedades. Como los sentidos del hombre de la Tierra están, sólo y principalmente, hechos para reaccionar ante la interacción entre los grados más densos de energía, los grados de menor densidad se hacen, por decirlo de algún modo, más gaseosos para, finalmente, llegar a ser invisibles cuando alcanzan más allá de su zona de percepción. Pero esto no modifica el hecho de que estos grados de energía existan; y en la vida cotidiana se hace la distinción entre energías visibles e invisibles.
      A las energías concentradas se las denomina «materia física», y a las gaseosas «espíritu»; del mismo modo que a la zona de la energía citada primeramente se la denomina «mundo físico», y a la zona de la energía citada en segundo término se la admite como «mundo espiritual». Este mundo es, sin embargo, de tipo material, aunque constituido por energías o materias más depuradas.
      El conjunto de materias del universo, es decir, el conjunto de energía universal, se muestra a la visión oculta como siete tipos básicos, seis de los cuales actúan directamente sobre los correspondientes sentidos de los seres vivos, cada cual con su carácter especial. ¿Pero, qué se entiende bajo el nombre de sentidos? Sentidos son las realidades por medio de las cuales la interacción entre la energía del ser vivo y la de su ambiente puede ser activada. La reacción que surge de esta interacción se transforma en «experiencia de la vida» para el ser respectivo. El tipo de reacciones y, como consecuencia de ello, el tipo de experiencia de la vida que dicho ser vive dependerá del tipo de energía básica para la que sus sentidos han sido formados.
      En relación con los seis tipos básicos de energía, existen seis formas correspondientes de interacción entre la energía del propio ser y la energía de su ambiente; esto debe necesariamente tener como consecuencia seis formas generales, distintas, de experimentar la vida. Estas seis formas generales no son vividas por el individuo al mismo tiempo sino, contrariamente, de una en una. El ser vivo atraviesa, de este modo, una época en la que las reacciones de la primera energía básica estimulan su experiencia de la vida. Cuando esta estimulación ha culminado, comienza esta experiencia a ser estimulada por las reacciones de la siguiente energía y así sucesivamente hasta que se llega a la sexta energía. Entonces comienza su experiencia de la vida a ser de nuevo estimulada por la primera energía básica pero de una forma más elevada o perfecta que la vez anterior, de modo que el individuo tiene continuamente la sensación de moverse en dirección a formas de existencia más y más elevadas. A este movimiento le damos el nombre de «evolución».


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